«Todos están diciendo ‘¡Qué bien huele!’ y no tengo nada, nada». Con estas palabras expresaba su desesperación hace unos minutos Paco Carrillosa, padre de familia que debe tener lista la comida en menos de media hora y dice sufrir el síndrome del recetario en blanco. «Hay cosas que me apetecería hacer, pero no tengo los ingredientes necesarios ni tiempo para salir a comprarlos», explica. Apremiado por su familia, que lleva un rato comentando el hambre que tiene después de un desayuno apresurado y frugal, ha empezado a freír cebolla para ganar tiempo. «El olor de la cebolla frita los ha colmado de expectativas que no voy a poder cumplir», dice.
En estos momentos, mientras su mujer y sus hijos se relamen, Carrillosa remueve con la mirada perdida los trozos de cebolla con la cuchara de madera para que no se quemen, esperando que su mente lo sorprenda con alguna idea de última hora. «He pensado en añadir unos guisantes, pero solo tengo un bote pequeño, insuficiente, y todo el mundo espera un ágape con su plato principal, su segundo y su postre. Es todo una gran una mentira», confiesa.
«En situaciones como esta, te preguntas qué haría El Comidista. Pero es como preguntarte qué diría George Clooney en una primera cita. Tú no eres Clooney, a ti no te va a salir», razona derrotado. «Si alguien me sorprendiera con una receta estupenda a base de cebolla frita y las pelusas que hay en el depósito de la Roomba, tal vez habría un salida», añade.
«¡Fuera! No paséis, que empezaréis a picar y se os quitará el hambre, hablo en serio», ha exclamado severo cuando uno de sus hijos ha abierto con curiosidad la puerta de la cocina para echar un vistazo al contenido de la sartén. «No dejándolos entrar estoy alimentando aún más las expectativas. Me he metido en un buen lío», insiste sin dejar de remover la cebolla, que pronto quedará reducida a una pulpa marrón.
Pasando de la inquietud a un tono cada vez más sombrío, Carrillosa ha recordado la novela de Emmanuel Carrère titulada El adversario, basada en la historia real de un padre de familia que, antes de que se descubriera su farsa de toda una vida, asesinó a su mujer y a sus dos hijos y luego intentó suicidarse. «No digo que esté pensando en hacerlo, pero preferiría esto a pedir un Glovo a última hora. No podría mirarlos a la cara nunca más», explica. «Siento que he fallado como esposo, como padre y como cocinitas», admite.
Al cierre de la edición, el detector de humos de la cocina ha empezado a pitar. Cuando la esposa de Carrillosa ha abierto la puerta, una nube de humo procedente de la sartén en llamas la ha cegado. A pocos metros, la ventana, abierta de par en par, a duras penas generaba la corriente de aire necesaria para disipar la humareda. «¿Paco?», ha exclamado extrañada la mujer sin poder oír, por culpa de los pitidos estridentes, las voces y los gritos de la vecindad en shock.