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Una señora denuncia que las pulseras de España también están empezando a fallar porque se le ha acercado un hombre hablándole en catalán

DICE QUE IGUALDAD NO HACE NADA

Isabel Cabañal, de Valladolid, lleva una pulsera rojigualda desde el día en el que Carles Puigdemont hizo su declaración unilateral de independencia en octubre de 2017. Asegura que el «dispositivo», como lo llama ella, ha funcionado perfectamente hasta hace unos días. «De visita en Barcelona, se me acercó un hombre y me habló en catalán. La pulsera no hizo nada para evitarlo, él decía ‘escolti, no sé qué’ y yo le enseñaba la pulsera y no se iba ni se callaba», denuncia. «Pasé mucho miedo», añade.

Según esta ciudadana, el fallo de su pulsera se suma a las incidencias reportadas por 40 mujeres que usaban pulseras defectuosas para protegerse de los maltratadores. «Lo que yo sufrí es también una forma de agresión», argumenta Cabañal, y pregunta si Igualdad «atenderá mi caso o me considerará una víctima de segunda».

Aunque ya ha sustituido su pulsera de la bandera española por otra nueva, dice que teme salir de casa por si se le acerca un catalán. «Yo creo que se han acostumbrado a la rojigualda y ya no se cortan, como las bacterias que se acostumbran a los antibióticos», sentencia. Señala, de hecho, que «es posible que algunos se pongan más fieros y todo».

Cabañal lamenta que la dependencia del Gobierno de sus socios independentistas lleve a las autoridades a tapar su caso y a desentenderse de ella. «Hay muchas mujeres que hacen ver que entienden el catalán porque tienen miedo, pero yo me niego a normalizar esta violencia. Si debo acudir al Tribunal de Estrasburgo, lo haré», dice.

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