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Así fue el adiós de la abuela Herminia: resumen del penúltimo episodio de ‘Cuéntame’

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El personaje de María Galiana fue el protagonista absoluto del penúltimo episodio de la temporada final de Cuéntame, una de las series más importantes de la historia de la Televisión Española (el canal y el concepto).

El momento de celebración se ve empañado por una drástica decisión que toma Herminia y que afecta a toda la familia. 

La muerte es el gran telón de fondo de la última temporada de Cuéntame y del capítulo 412, titulado Herminia. El legado arranca en julio de 2001, con la madre de Mercedes saludando (en una de sus enajenaciones, por la demencia que sufre, que ahora sabemos que no es tanto por la vejez como por su afición a fumar mentitas) a los que ya no están. Una brillante y emotiva secuencia en la que, mezclando el presente con imágenes del pasado, vemos a Herminia desde el balcón hablando con vecinos como Maroto “El Mierdas”, Don Mollete o su amiga del alma, de la que no recuerda el nombre. Una escena con la que la serie rinde un oportuno tributo a algunos de sus emblemáticos actores que ya han fallecido (en la ficción y en la realidad, ojo) y a los que se ha querido recordar mediante imágenes de archivo.

El personaje de Ana Duato escucha desde el salón a su madre, por la que cada vez se muestra más preocupada. Esto se sabe porque mira a cámara y dice “Ah, qué preocupada estoy”. Por eso ordena a Herminia acudir a una revisión médica acompañada de Antonio. Allí, en la Seguridad Social (tras una secuencia de 4 horas haciendo cola, porque a realismo a Cuéntame no le gana nadie), les informan de que, en los últimos análisis, aparecen alterados algunos parámetros. 

“Tú has estado fumando a escondidas”, le dice Antonio Alcántara.

“Y tú defraudando a Hacienda, hijo de puta”, le contesta la vieja. 

Y luego doña Herminia dice “Arriba las mariwanas”, mostrando que es una abuela de 100 años pero está a la última y no le importa morir al pie del cañón. “Abajo la escuela”, dice también.

La abuela de España quiere morir con dignidad. Nada de hospitales, cables ni medicación. Herminia quiere despedirse como los elefantes, en la tierra que la vio nacer: el pueblo de Cagarrinas del Ñordal.

Por su parte, María está muy nerviosa. Tiene un mal presentimiento, y es que las bodas de sus hermanos siempre han acabado saliendo mal “como aquella vez de las diarreas”, dice recodando. Y aquí en Televisión Española meten un flashback donde deberían haberse visto escenas de gente haciendo cola en el baño de un restaurante, pero el técnico se equivoca y se ven 4 minutos de un episodio de Saber y Ganar del año 2003.

Para la boda, Tony y Deborah (que la audiencia ya no sabe quién es pero le da igual, tal es la devoción que siente España por Cuéntame) se quedan en un hotel, y es que la inglesa no quiere pasar estos días con todos los Alcántara. “Es que no les tengo confianza porque en mi casa nunca vimos la serie”, dice el personaje, defendiéndose. 

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La boda, bien, normal. Casa a los novios una política corrupta de la que no se especifica el partido porque TVE no quiere líos. Entrantes, primer plato, segundo y postre. La tarta, algo seca. Pero en fin, bien. ¿Qué puedes esperar de una boda?

Herminia también sabe que no le queda mucho, por lo que termina aprovechando la boda para ir hablando uno a uno con todos sus nietos y bisnietos. “Hoy en día ya no se pueden hacer chistes de mariquitas ni de enanos ni de nada, ya no se puede decir nada, los putos guionistas no me dejan, los muy cobardes”, se queja doña Herminia. Luego mira a cámara y rompe el guion en mil pedazos y dice “a mi edad, ya no estoy para guioncitos, coño”, y se enciende otro cigarrillo alegre. 

Es entonces cuando se produce ese encuentro frente a frente entre Herminia y el que ha sido, de forma casi literal, el árbol de su vida (el que veíamos en el cartel y en la cabecera, a modo de metáfora que de repente la audiencia entiende, muy posiblemente dejando caer dramáticamente, a causa de la impresión, la taza que estaba sujetando con una mano). 

Herminia desvela a Mercedes que se trata de una encina que su padre decidió plantar el día que nació.

“Mira, Mercedes”, le dice a su hija. “Tengo muchos años y he vivido todo lo que tenía que vivir. Creo que ya va siendo el momento de marcharse”. 

“Me quiero morir plagiando El Padrino III”, dice la vieja. 

Y entonces se muere debajo del árbol y el crítico de Vertele aplaude desde el salón de su casa, emocionado.

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