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Un perro huele un culo y la fragancia le transporta con asombrosa viveza a un recuerdo que creía ya olvidado

Tronao, un perro de Torredembarra, en la provincia de Tarragona, experimentó ayer una experiencia proustiana al oler el culo de otro can. El aroma de ese ano ajeno transportó al animal a otro tiempo pasado, que volvió a él con inusitada viveza, despertando recuerdos que habían quedado sepultados por el tiempo.

Fuentes cercanas al psiquismo de Tronao han facilitado a este medio una fiel reproducción de sus cavilaciones:

Abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a la trufa unas bocanadas de aire perfumado con la trimetilamina excretada por las glándulas anales de un compañero. Pero en el mismo instante en que aquel aroma intenso colmó mi olfato, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera la anvorgesa, llenándose de una esencia preciosa; pero, mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí, es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? Me daba cuenta de que iba unida al aroma de aquel culo, pero le excedía en mucho, y no debía de ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía y qué significaba? ¿Cómo llegar a aprehenderlo? Aspiro una segunda ración de ano, que no me dice más que la primera; luego una tercera, que ya me dice un poco menos. Ya es hora de pararse, parece que la virtud del perfume va aminorándose. Ya se ve claro que la verdad que yo busco no está en él, sino en mí. El perfume la despertó, pero no sabe cuál es y lo único que puede hacer es repetir indefinidamente, pero cada vez con menos intensidad, ese testimonio que no sé interpretar y que quiero volver a pedirle dentro de un instante y encontrar intacto a mi disposición para llegar a una aclaración decisiva. Dejo el culo y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad. ¿Pero cómo? Grave incertidumbre ésta, cuando el alma se siente superada por sí misma, cuando ella, la que busca, es justamente el país oscuro por donde ha de buscar, sin que le sirva para nada su bagaje. ¿Buscar? No solo buscar, sino agarrar, traer. Busca, busca, trae, trae. Vamos, vamos, muy bien. Así, buen chico, buen chico».

Los dueños de Tronao aseguran que, horas después de la experiencia vivida, el animal sigue aletargado y contemplativo, hasta el punto de que han decidido llamarlo Empanao.

Fuentes del parque comentan que el otro perro olió a su vez el ano de Tronao y sufrió el síndrome de Stendhal, del que solo pudo liberarse cuando se le ofreció un trozo de chorizo de Cantimpalos.

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