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Algunos datos sobre doña Dolores de Cospedal, antigua secretaria general del PP en el siglo XVII

EL PP INSISTE EN QUE ESTA FIGURA HISTÓRICA ESTÁ YA CASI OLVIDADA Y NADA TIENE QUE VER CON EL PARTIDO ACTUAL

Los aficionados a las anécdotas históricas han sabido esta semana que una dirigente del Partido Popular de hace cuatro siglos, una tal doña Dolores de Cospedal, ha sido imputada por un juez de la Audiencia Nacional por supuestos delitos de cohecho, malversación y tráfico de influencias. En fin, cotilleos de un pasado remoto que nada tiene que ver con un partido que, aunque sigue existiendo, lógicamente no guarda ya parecido alguno con el del siglo XVII. De hecho, difícilmente sepan en el propio PP actual quién fue esa persona, de la que ni les sonará el nombre. Pero nunca está de más echar un vistazo a la historia, aunque sea para ver cuánto hemos cambiado.

De Cospedal nació en Madrid en 1648. Se casó con un noble al que apodaban «El polla de hierro» y junto a él tuvo que lidiar con una situación convulsa en una España en plena crisis demográfica, agravada además por la pérdida del 3% de la población tras la expulsión de los moriscos en virtud de la llamada Ley de Extranjería.

De sus trabajos en el partido se conservan pocos documentos, porque fueron casi todos triturados, pero algunos legajos que han sobrevivido revelan su retórica alambicada, con frases como «indemnización en diferido en forma de simulación en partes de lo que antes era una retribución». Un lenguaje florido que tuvo una gran influencia en el Siglo de Oro.

Fue célebre su encendida enemistad con «La pequeñita», una rival del partido a la que intentó envenenar varias veces sin éxito. Algo bastante común por aquel entonces.

Se dice, sin embargo, que su auténtico enemigo fue el hidalgo Luis Bárcenas, el tesorero del Partido Popular, apodado «el señor del que usted me habla». No se sabe si era un personaje inventado por los trovadores de la época, que buscaban siempre excusas para entretener al vulgo, o si existió de verdad. Las malas lenguas dicen que De Cospedal lo espiaba para evitar que revelara secretos, y que él la amenazaba, pero se trata de intrigas con visos de ser parte del anecdotario popular, meras fantasías.

De Cospedal tuvo que dar la cara en momentos de ajetreo social, cuando los españoles habían vivido por encima de sus posibilidades. El empobrecimiento del campesinado y el debilitamiento de la burguesía llevaban a la turba a buscar en los altos estamentos las causas de todos sus males. Éstos, sin embargo, se debían a su propia arrogancia, que les empujaba a vivir como señores, endeudándose y obligando a la banca a acudir luego a su rescate.

El crecimiento numérico de los grupos sociales improductivos, especialmente de los marginados -autónomos, influencers, pícaros, vagos y mendigos-, acabó por tumbar al gobierno de los populares, que sucumbió al comunismo y derivó en el desastre posterior que todos conocemos. De Cospedal sufrió de lleno este golpe a España, que ella encajó con entereza y capacidad de sacrificio, como debía esperarse de una mujer de férreas convicciones religiosas.

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