Empecemos por lo importante: lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir.

Ya está, ya lo he dicho. 

A ningún hombre, por grande e importante que sea, le debería costar admitir errores y pedir perdón. Es muy fácil hacerlo y es una acción que repetiré todas las veces que haga falta. Siempre he sido un hombre sencillo y cercano, cosa que confirmarán todas las personas que me han conocido de cerca durante los actos de inauguración de las bibliotecas, en las entregas de premios o en los miles de burdeles que hay distribuidos por toda la red de carreteras españolas.

Yo entiendo que muchos españoles estén decepcionados con mi comportamiento. Se han enterado no solo de que he estado cobrando comisiones, sino de que he escondido millones de euros al fisco. Es por eso que quiero aclarar algunos puntos sobre mi persona y esta situación, a fin de limpiar mi nombre (Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias) y el de mi casa. 

Los 65 millones transferidos a Corinna solo tenían el objetivo de recuperarla, no de esconder el dinero. Fue una cantidad que conseguí de forma no del todo legítima con el único propósito de ablandar su corazón de cristal. ¿Mi único delito? Amar. Amar como nunca antes ha amado un ser humano a otro.

Amar infinitamente. Amar como un tonto. Amar sin pensar en nada más.

Oh, Corinna…

El viento de la angustia arrastra tus palabras doloridas… todo lo ocupas tú, todo lo ocupas. Te recuerdo como eras en el último otoño suizo… en tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo y yo, mientras tanto, mirando al infinito sin pensar en nada más. 

Te recuerdo con el alma apretada de esa tristeza que solo tú me conoces. Siempre, siempre te alejas en las tardes hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas. ¡¡Oh, abandonado!! ¡Mírame ahora, náufrago de ti y de mi pueblo! 

¡¡65 millones, Corinna!! 

Me dijiste “el amor no tiene precio”. Y yo no supe escucharlo y ahora aquí estoy, en mi negra soledad. Una isla en un océano de desdicha. Buscando un destino sin extradición. Solo para siempre. 

Desalmado. Mi reino por un beso tuyo, Corinna. Una mirada. Un abrazo. Un algo. Un desayunar contigo y con el peque por la mañana. ¿Qué más quieres de mí?

¿Pero qué hago aquí aullando al ocaso? ¡Basta! ¡Basta! Un viejo soy, mas un viejo enamorado. 

Lamentablemente, y como todo el mundo sabe, he fracasado como hombre y como amante. Corinna, la auténtica reina de mi corazón, no me ama. Me quedé corto en 17 millones, pues mi examante es incapaz de amar a nadie por menos de 82.689.912 euros, tal y como he sabido con posterioridad. 

¿Volvería a hacerlo? Sí. Mil veces sí. Aún sabiendo el dolor que causo, no puedo actuar con racionalidad ante su mirada azul.

Y respecto a los posibles delitos cometidos en las fechas anteriores a mi abdicación habéis de saber que siempre fueron por amor. Es cierto que soy inimputable por ellos, pero eso no quiere decir que la prensa no pudiera informar de los mismos. Ahora bien, la prensa no informa de esas cosas porque los españoles no estáis preparados para conocer la verdad. No podríais soportarla, pues los excesos cometidos por amor van más allá de lo que los humanos pueden entender.

Si algún miserable con el corazón negro se ha sentido ofendido por mi romanticismo: lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir.