Ana Botín.

Nadie me ha regalado nada.

Me lo he ganado todo yo a solas, con una disciplina profesional férrea y heredándolo. 

Muchas veces, en conferencias y entrevistas, me preguntan cuál es la mejor manera de sacar adelante un negocio y convertirse en una de las personas más poderosas del mundo. Pues bien, lamento decirlo: no hay ninguna varita mágica para lograr ese objetivo. Mi respuesta siempre es un poco desalentadora. El secreto para lograr presidir uno de los bancos más importantes del mundo es el trabajo duro, la disciplina, tener visión de negocio, espíritu emprendedor y pertenecer a la familia que sea propietaria de ese banco.

Lo siento: en los negocios no hay trucos mágicos y no se consiguen las cosas porque sí.

Trabajo duro, audacia y que la empresa sea tuya de nacimiento. Las tres cosas son importantes a partes iguales para presidir dicha empresa. La autopista hacia el éxito tiene peajes y yo los he superado todos por méritos propios y con mucho empeño.

Una de las cosas que siempre digo a los emprendedores es que sigan estos consejos y sean hijos de alguien. Cuando yo empecé en esto de las finanzas me aseguré de ser una Botín. De no haber sido así jamás habría intentado siquiera heredar el Santander. Ni se me habría pasado por la cabeza. 

Si trabajas toda tu vida con el único objetivo de heredar lo que te corresponde de nacimiento, al final, de una manera o de otra, el karma te recompensa. Hay que tener fe y pensar que el trabajo y tus apellidos al final dan sus frutos. ¿Esto es ser idealista? Puede, pero hay que ser un poco soñador en el mundo de las finanzas.

Por supuesto la educación también es importantísima: es de imbéciles no formarse en los colegios más elitistas de Occidente. Esto es esencial.

Yo, que he trabajado muy duro para heredar el Santander, te aseguro que, si sigues a rajatabla el camino de la disciplina, en algún momento te encontrarás dirigiendo equipos enormes y determinando la vida de millones de personas. Porque eso es lo mejor de mi trabajo: influir positivamente en los demás. Y por influir me refiero a ayudarles a decidir dónde van a vivir, mejorar la estructura económica de su país o poner y quitar gobiernos enteros. ¿Me ha dado alguien ese privilegio? No, me lo he ganado día a día.

Os pondré un ejemplo cercano: a mi madre nadie le regaló el marquesado, se lo tuvo que ganar haciéndose amiga de la familia real. Y al final los reyes se lo regalaron. 

Trabajo duro. Trabajo duro. Trabajo duro. Y ser yo.

Y al final las cosas salen, os lo prometo.

Lo que me gustaría transmitir a todas las niñas del mundo es la siguiente idea: podéis ser cualquier cosa en la vida siempre y cuando no abandonéis vuestros sueños y seais tataranietas, nietas e hijas de banqueros. No lo olvidéis.

No dejéis que nadie os diga lo contrario.