Pocas horas antes de perder la vida, tumbada con resignación en su lecho de muerte, fatigada pero serena, con gesto grave y severo, decidida y consciente de que iban a ser sus últimas palabras, una anciana de Burgos se ha incorporado levemente esta mañana, no sin esfuerzo, y clavando su acuosa mirada en la de sus dos hijos, expectantes, ojerosos y tristes, ha sentenciado: “Sé que veis porno”. Luego, la mujer, de 74 años, sintiéndose ya en paz con el mundo, se ha dejado caer de espaldas al pozo del inconsciente mientras sus dos retoños allí presentes, mansos y de comportamiento aparentemente intachable, fingían perplejos que aquella frase no había sido pronunciada, y menos por su madre. Pero esto no ha sido todo: Una vez proferida la chocante sentencia, y mientras relajaba el castigado abdomen para que su arrugado cuerpo volviera a incrustarse, por efecto de la gravedad, en las amarillentas y húmedas sábanas que habían adquirido ya su forma, la ancianísima señora, con los ojos cerrados, ya en otra parte, flotando sin rumbo las pupilas en el océano pardusco de sus órbitas, ha tenido tiempo de apuntar el tembloroso dedo índice de su mano derecha hacia el nieto, hijo de su hijo el mayor, como queriéndole decir “Y tú también”.

“Pero tío, si navego en privado”, ha asegurado el hijo mayor de la señora al salir de la habitación, y tras haber mandado al niño “a por chocolatinas”. Su hermano, aún rojo de vergüenza, no se explica tampoco que doña Antonia, siempre en su mundo, siempre centrada en sus propios asuntos, supiera de la existencia misma de la pornografía. “Porno. ¿Ha dicho porno? No me lo puedo creer”, ha confesado el hijo menor, que no hacía ni seis horas que se había masturbado frente a su ordenador portátil, intentando así distraer su mente del lamentable estado de salud de la madre.

“Esto ha sido la medicación”, ha zanjado su hermano. “Claro, ha tenido que ser eso”, confirmaba el otro.

Pero no. El testamento de doña Antonia, al que se ha tenido acceso esta tarde, certificado ya el triste deceso de la mujer -a las seis en punto, con la precisión que siempre la caracterizó en vida-, deja en herencia a los dos hijos y al nieto doce paquetes de clínex para cada uno. La casa y los trescientos mil euros serán para Amelia, la hija que vive en el extranjero y quien, según rezan las últimas voluntades de la fallecida, “fue la única de esta familia que tuvo la decencia de no frotarse el higo bajo mi mismo techo”.