“El libro es mío. Si lo quiere, que se lo compre”. Así de contundente se muestra Abel López, estudiante de Empresariales que comparte piso con su compañera Isabel, a quien acusa de haber tomado prestado su libro de autoayuda “Aprende a compartir”. López critica que la gente no respete la propiedad privada: “Si no tiene dinero para comprarlo se lo puedo alquilar por horas, pero que lo pida”, añade.

El estudiante compró este libro porque considera que “es fundamental para el trabajo en equipo, para el ‘teambuilding’, ya que sin capacidad de ‘sharing’ la estrategia conjunta no se dinamiza”. Aunque ya se lo ha leído “y he aprendido mucho”, le molesta que Isabel, con la que apenas coincide en el piso porque tienen horarios opuestos, haya aprovechado su ausencia para leer su ejemplar “y dejarlo luego en el mismo sitio en el que estaba, para que no me enterara, pero con las letras del lomo hacia abajo, que ha sido lo que la ha delatado”.

“Si empezamos a coger los bienes de los demás para nuestro propio beneficio, esto es la selva”, zanja el lector de “Aprende a compartir”.

Los expertos consideran que estos conflictos de convivencia pueden enquistarse si un chico y una chica no tienen una relación presencial que favorezca los acuerdos. Una situación cada vez más frecuente que refleja a la perfección la novela “Piso para dos”, una comedia romántica sobre dos compañeros que comparten piso, comparten cama, pero que no se conocen.

“Me he comprado la novela porque dicen que es una lectura perfecta para el verano pero ya la he metido en la caja fuerte porque, si Isabel se entera de que la tengo, es capaz de pedirme que se la deje leer en cuanto la haya terminado o quién sabe si incluso antes”, confiesa López. “Así se las gasta la tía”, añade.