“Nos tenemos que dar un tiempo”. Así concluía una pareja de Segovia su encuentro amoroso en un restaurante este mediodía, una cita que había arrancado con pasión y entre declaraciones como “Eres lo mejor que me ha pasado” o “Nunca encontraré a nadie como tú”. Muy cerca el uno de otro, acariciándose las manos y dificultando incluso la labor del camarero, que tenía poco espacio para dejar los platos en la mesa, los dos enamorados han empezado dándolo todo en los entrantes. Luego, esperando el primer plato, han aflorado las particularidades de cada uno, manteniéndose vivo aún el entusiasmo, pero tras los dos primeros, y en la segunda copa de vino, la devoción dejaba paso al distanciamiento. Ya en el postre, enfrentamiento abierto, lágrimas, despecho y frases como “No sé qué vi en ti durante el aperitivo”, “Cuando llegaron las croquetas de chipirones ya estabas mirando al de la otra mesa” o directamente “Te odio y este restaurante es una mierda”.

El camarero que atendió a la pareja, Ildefonso Rojas, asegura que nunca había presenciado cambios tan frenéticos en una relación. “Si llego a traer el postre dos minutos más tarde, se matan”, dice. Atribuye lo sucedido a los cambios generacionales: “Llevo sirviendo mesas durante más de quince años y me doy cuenta de que las relaciones ahora son mucho menos estables, la gente se cansa enseguida del otro. A veces, antes de acabar los entrantes”.

Rojas declara también que, en algunas ocasiones, parejas que empezaron la cena en una mesa han acabado desperdigadas, cada uno en una mesa distinta y con parejas nuevas a las que no conocían al entrar en el establecimiento. “Como camarero, las relaciones líquidas y la fugacidad de las emociones te obligan a estar muy atento porque los clientes de una mesa pueden variar en cuestión de segundos, y tienes que estar muy seguro de lo que haces cuando sirves el champán que te han pedido porque, en el trayecto a la bodega, pueden haber cambiado las tornas completamente”, explica.

El mismo restaurante en el que se inició el encuentro romántico empezó siendo un pequeño local familiar muy conocido en el barrio pero, a los diez minutos, ya lo había adquirido una empresa francesa de restauración. Dos horas después, era un 100 Montaditos.