Lo pescó por primera vez en 1997 y enseguida lo devolvió al mar porque el pez todavía era muy pequeño y España estaba en plena campaña del “Pezqueñines no, gracias”. Sin embargo, durante los 22 años siguientes, Enrique Camacho, un vecino del municipio de Moaña, en Pontevedra, ha seguido pescando y devolviendo al mar el mismo pez prácticamente todos los días.

“Tiro la caña, espero unos minutos y enseguida muerde el anzuelo”, relata desde el muelle que frecuenta a diario. “Al recoger el sedal siempre lo veo ahí, dando coletazos, el mismo pez de todos los días”, continúa. El pescador cree que el pez se sigue arriesgando porque la lombriz que utiliza de cebo es su favorita. “Imagino que para el pez esta lombriz es como para mí una tableta de chocolate o una pizza, es incapaz de resistirse”, se sincera.

Expertos en biología marina consultados por este medio coinciden en que, al tener memoria de pez, al pez se le olvida que ha sido pescado y por eso sigue cayendo en la misma trampa. “Llegados a este punto, quizás lo mejor para todos es que el hombre se lo lleve a casa, lo meta en el horno y se lo coma con su familia”, recomiendan.

“Corre, nada, sé libre”, le ha dicho el hombre al pez por décima vez esta semana. “Disfruta de la vida”, le ha pedido justo después de arrancarle el gancho de la boca llena de agujeros y tirarlo al agua. “Vete con los tuyos, tienes una nueva oportunidad”, ha insistido antes de arrojar la caña al agua por enésima vez y volver a pescar el mismo pez de nuevo.

Como cada año más pescadores devuelven los peces al agua después de pescarlos, dos de cada tres peces que hay en el mar tienen un mordisco humano en alguna parte de su cuerpo. “Es difícil resistirse a probarlos, aunque luego los vuelvas a dejar libres”, dice Camacho antes de reconocer que él al suyo no lo muerde pero que algún lengüetazo sí le da.