Ignorando los golpes y gritos que proceden de su interior, cada mañana el cura de un pequeño municipio de la provincia de Pontevedra cierra la puerta de la iglesia con llave para evitar que se escape Dios. “Le doy tres vueltas a la cerradura y también le clavo una tabla”, se sincera. “Toda precaución es poca”, añade.

El padre Julián lleva décadas cuidando de Dios. Todas las noches, antes de irse, le deja unas ostias y un poco de vino en el suelo, justo debajo del altar. “Por lo general se lo toma todo, aunque hay días que está enfadado y se niega a comer”, reconoce. “A mí me gustaría darle más libertad, pero si se escapa no hay manera de encontrarlo porque está en todas partes y al mismo tiempo en ninguna”, se justifica.

En todo el tiempo en el que el cura ha estado custodiando a Dios, solo se le ha escapado dos veces. “Cuando sale de aquí los niños del pueblo le tiran piedras”, asegura. “Si se encuentra con otras deidades se empiezan a gruñir y se acaban mordiendo, es muy desagradable”, confiesa. “Dios todavía tiene que aprender a controlar su poder, así que de momento lo tenemos que tener vigilado”, declara.

Mañana a primera hora, como ha hecho siempre, el cura volverá a abrir la puerta de la iglesia y dejará salir a Dios durante unos minutos para que pueda hacer sus necesidades. “Lo saco con correa, porque si te despistas un momento se va”, explica.