El servicio de la cena en el restaurante La Loma, situado en el centro de Madrid, fue bruscamente interrumpido ayer a las 21:32 horas. Según el dueño del local, un cliente organizó una cata improvisada con los 156 comensales que se encontraban en el establecimiento cuando el camarero le dio a probar el vino. “Es cierto que era una botella de 30 euros, pero aun así nos pareció un poco excesivo”, declara.

El cliente, Fernando Rosales, de 45 años, paralizó completamente el funcionamiento del restaurante al tratar de decidir si el vino que había pedido era el apropiado o no. “Al contar con la opinión de tanta gente, el camarero tuvo que abrir hasta cinco botellas”, denuncia el responsable del negocio, que no descarta emprender acciones legales.

Rosales se defiende alegando que conocer la voluntad de la clientela no es ningún delito y que hubiera sido deshonesto opinar sobre el vino sin conocimiento de causa. “Yo es que no sé de vinos y sé cuándo debo consultar con terceros”, insiste. “A mí me sabe bien, pero a la señora de la mesa cinco le parece muy ácido, y el grupo de la mesa diez dice que el cuerpo tiene poca consistencia”, divagaba ante el camarero.

Finalmente, tras realizar un referéndum entre todos los comensales, el no ganó al sí y Fernando no aceptó la botella. “Es la voluntad democrática del restaurante, mejor tomaré una Coca-Cola”, declaró poco después de conocer los resultados.