Limpiándose los restos de sangre de las manos, de la cara y de la ropa, la profesora de Naturales del colegio Maristas de Sevilla se ha presentado en la clase esta mañana con un nuevo esqueleto de un metro de altura. La maestra confía en que la nueva adquisición ayudará a los niños a portarse mejor. Los alumnos, de primero de la ESO, se han mantenido en silencio y ninguno se ha atrevido a preguntar por esa mesa vacía en la última fila donde se solía sentar Ramoncín, el repetidor.

La profesora llevaba meses aguantando el mal comportamiento de los niños y ha optado por recurrir a ese esqueleto de un metro de altura, que ha situado en una esquina del aula. “Si os fijáis bien en la rótula derecha, veréis que está rota, eso se debe a una reacción natural de nuestro cuerpo que se produce cuando alguien os manda callar y seguís hablando”, ha explicado la profesora ante un silencio sepulcral.

Aunque no todo el profesorado comparte esta medida, lo cierto es que diseccionar a un humano ha logrado que todos los niños se callaran y prestaran atención. “¿Te sientes solo ahí de pie? ¿Acaso quieres un poco de compañía?”, le ha preguntado la maestra al esqueleto mientras miraba de reojo al resto de alumnos. “Quién sabe, igual al final del curso hay más esqueletos que estudiantes”, ha dicho antes de sentarse y empezar con la clase.

La dirección del centro ha anunciado que al esqueleto de 175 centímetros que utilizaban hasta ahora en las clases de Naturales le han colocado una gorra y unos guantes y lo han puesto a jugar de portero en los recreos.