“Día seis bajo el yugo del régimen. Intento de rebelión reprimido durante la noche. El vacío perfora mis esperanzas como la carcoma devora la madera. Pienso en devorar madera. Siento que me humanidad se me escurre, y eso es lo que el régimen quiere de mí. Reducirme a la nada”. Esto es lo que ha escrito hoy en su cuaderno de bitácora Juan Luis Robles, de Zaragoza, que se define a sí mismo como un activista perseguido por el régimen desde que su dietista “impuso su ley”.

“Rasca las baldosas del baño para marcar los días que van pasando, como los presos. Ha visto muchas películas”, declara la esposa de Robles, decidida a no sucumbir al “épico victimismo” de su esposo. La decisión de vestir un pijama de rayas “hasta que caiga el régimen” es, según ella, un gesto de mal gusto. “Habrá régimen hasta que no se le caiga la goma del pijama ese que lleva”, dice la mujer. “Se ha tatuado un número en el brazo, el 125, que son los kilos que pesa, porque dice que no quiere olvidar quién es”, denuncia. “Pero es postureo, la tinta esa se le va con la ducha”, agrega.

Confinado en su habitación, Robles se dedica a leer libros de nutrición para defenderse a sí mismo. “Conocer el sistema y su maquinaria es la única forma de ganarlo”, argumenta.

El hecho de que en seis días no haya adelgazado ni un gramo hace creer a la familia del “activista” que éste se va a comer a Francia a escondidas, o que cuenta con algún rebelde que le proporciona víveres, “seguramente sus amigos del bar, que siempre se han manifestado en contra del régimen”, apunta su hija.

Mañana, Robles debe visitar al dietista -al que llama “Doctor Muerte”- para una revisión, aunque se niega “a subir de nuevo a ese tren que me conducirá a mi fin”. “Pues te llevo en coche”, zanja la esposa, a la que Robles cree que han “lavado el cerebro”.