“El abuelo ya no estará solo, estará con papá y pronto con la abuela también y estará Chispas y al final iremos todos”. Con estas palabras celebraba ayer Alfonso Ruiz, de seis años de edad, la noticia que recibió su padre en la consulta del doctor. “Papá está muy preocupado porque el médico le ha dicho que pronto se irá con el abuelo, pero papá me dijo que el abuelo estaba en un sitio maravilloso en el que no sufría”, argumenta el pequeño, incapaz de comprender el ánimo sombrío de su progenitor.

“Papá me dice que es verdad pero que está triste porque no estará con nosotros. Cuando yo estaba triste porque el abuelo ya no estaba con nosotros él me dijo que no tenía que estar triste”, explica el niño, evidenciando las contradicciones del padre. “¿Está bien el abuelo en ese sitio o no?”, pregunta ahora, sospechando que quizá ese supuesto lugar sin sufrimiento no es tan recomendable, pues su padre no parece contento.

Alfonso recomienda a su padre que se vaya con el abuelo ya, y así no se pondrá más triste. “Es como el cole, que no quiero ir pero luego voy y me lo paso bien, y es peor el rato que paso no queriendo ir”, argumenta. La madre ya le ha aclarado que “papá tiene que arreglar algunas cosas antes de irse”, pero el niño está impaciente “porque el abuelo y Chispas están solos y nosotros aquí estamos acompañados”.

La criatura ya ha hecho las maletas de su padre, incluyendo varios juguetes para Chispas, el perro que también se fue a un lugar mejor. “Si os echamos de menos al abuelo, a Chispas y a ti nos iremos nosotros también y así estaremos todos donde tenemos que estar”, concluye.

“Vete ya, papá”, insiste.