En pleno centro de Madrid, un grupo de vecinos lleva años viviendo un calvario porque en su edificio se escuchan todos los piropos que los obreros gritaron durante su construcción. Para profundizar en este problema y entender su magnitud, un equipo de expertos de Idealista nos hemos trasladado hasta la finca para vivir de primera mano este suceso paranormal.

Lo primero que llama la atención al acercarse a la entrada principal es que una serie de silbidos libidinosos te acompañan hasta la puerta. Sonidos que vienen del aire, del lugar en el que hace 50 años, cuando se construyó el edificio, habría instalado un andamio. “Guapa”, nos gritan mientras esperamos a que nos abran. Al no reaccionar a las voces, estas nos acaban insultando.

Una vez en el interior del edificio, conocemos a Paco, el portero de la finca, un hombre con mucha confianza en sí mismo. “Yo paso ocho horas en el edificio, así que de media recibo entre 50 y 60 piropos al día”, presume. “La primera vez que escuché una de las voces me asusté y estuve a punto de llamar a la policía porque la voz se identificó como un ladrón, pero más tarde aclaró que venía a robarme el corazón”, nos relata con una sonrisa nerviosa.

Desgraciadamente, los vecinos no tienen la misma suerte que el portero, que se puede ir a su casa en cuanto termina su jornada laboral. Ellos sufren constantemente esos piropos que se han quedado atrapados para siempre entre las cuatro paredes del edificio. “Cando te levantas temprano para ir a trabajar, lo último que quieres escuchar en tu propio baño es que, cada vez que te ven, se les ponen de venas como el cuello de un cantaor”, protesta Marisa, la vecina de los bajos. “Yo no tengo ninguna necesidad de que unas voces me ofrezcan ‘raboterapia’ mientras me preparo el desayuno”, denuncia.

Cuando subimos por el ascensor, enseguida escuchamos el eco de una voz masculina que nos repite que “Si tú fueras mi madre, mi padre dormía en la escalera”. Debido a su insistencia, decidimos bajar en el primer piso y hablar con los vecinos de esa planta. “Con ese culo te invito a cagar en mi casa”, nos sugiere una de las voces, a la que Remedios, inquilina del Primero B, ya está más que acostumbrada.

Nada más entrar en el piso de Remedios, escuchamos unas risas masculinas que nos hielan la sangre. “Es así siempre, es muy desagradable”, se sincera la mujer, totalmente desesperada. “Llevo años sin entrar en el cuarto de la lavadora porque una de las voces me grita que estoy tan buena que me comía hasta con la ropa puesta aunque pasara un mes cagando trapos”, lamenta. “Mi hija se ha tenido que ir a vivir fuera porque las voces no dejaban de ofrecerme un piano a cambio de ella para que así tocásemos los dos”, reconoce entre lágrimas.

A medida que subimos por las escaleras, los piropos se van tornando más explícitos y desagradables. La presencia de las voces de los antiguos obreros del edificio es insoportable. “La mayoría de los vecinos no aguanta ni dos meses, el precio del alquiler en este edificio está en los 150 euros porque es imposible vivir aquí”, se sincera el presidente de la comunidad. “Hemos comprado ouijas para atraer a presencias malignas con la esperanza de que ahuyenten a las voces, pero el diablo acaba huyendo cuando los obreros le piropean la cola”, lamenta.

Tras escuchar el enésimo “¡Guapa! ¡Seguro que los que se hacen pajas pensando en ti mueren de sobredosis!”, decidimos marcharnos para no volver. No nos pagan lo suficiente como para tener que soportar esto ni un segundo más.