Esta mañana, Antonio Campillo, un vecino de Getafe, se ha acercado a la cafetería Bar Manuel y ha pedido en voz alta un zumo de naranja recién exprimido, dejando pasmados tanto al camarero como al resto de los clientes. “¡Recién exprimido! Y no lo ha dicho en tono de broma ni nada”, declara una mujer que se tomaba un café en ese momento. “En cuanto pidió el zumo de naranja, insisto, recién exprimido, todos nos quedamos mudos y mirando al camarero en plan: ‘¿Qué vas a hacer ahora?’”, añade la señora.

“Vamos a ver, esto es un bar de barrio. No tenemos cubertería de plata, no tenemos un experto en vino de esos que hacen catas ni tenemos Estrella Michelin”, reconoce el dueño del local. “El hombre vestía con ropa normal pero está claro que era un pez gordo”, añade. “El chófer se habrá confundido y lo habrán soltado aquí, en Getafe”, aventura.

Consciente de que se encontraba ante el mayor reto profesional en más de veinticinco años de experiencia detrás del mostrador, el camarero, bajo la supervisión del dueño, corrió a comprar naranjas y consiguió, “pidiendo favores y movilizando a todo el barrio”, un exprimidor “más o menos decente”. Una vez servido el zumo recién hecho en “el vaso menos gastado que encontramos”, el cliente, casi sin mirarlo, se lo bebió en apenas tres sorbos, “yo creo que sin siquiera disfrutarlo”, asegura el dueño.

A la hora de pagar la cuenta, Campillo le pidió al dueño que se quedara con el cambio, generando una ola de admiración e incomprensión. “Uno cree que la gente así solo existe en las películas, pero nunca sabes”, declara una clienta desde la mesa número dos apurando su Fruco multifrutas.

La prensa ha podido saber que el dueño del bar ya está pensando en retirarse. “Con lo que le he cobrado a ese hombre ya puedo prejubilarme y vivir como un rey”, celebra.