Carmen Marraña falleció ayer por la tarde en su domicilio de Murcia y sus familiares descubrieron que su testamento emplazaba a cada uno de ellos a “mirar en la nevera, en el tercer cajón del congelador”. Allí encontraron el legado de la mujer, consistente en más de 500 táperes de sofrito congelado.

“Yo pensaba que habíamos disfrutado de la herencia en vida, porque cada semana nos daba comida, pero se ve que siempre guardaba algo para cuando ella no estuviera”, confirma la hija mayor de la fallecida. Consciente de que tanta comida no iba a ser consumida por sus familiares, Marraña decidió apostar por el legado solidario, de modo que esos 500 kilos de delicioso sofrito servirán para alimentar a cientos de refugiados, necesitados de comida casera.

“La comida es lo que le hace a uno sentirse en casa, y así fue como Carmen quiso que se sintieran estas personas”, argumenta Paco, el marido de la mujer, orgulloso de ella. “Estos táperes son su mejor obra, ha hecho más por el hambre en el mundo que todos los gobiernos juntos”, sentencia.

Siguiendo el ejemplo de su esposa, Paco planea donar su carné del Atlético de Madrid “a alguna aldea africana, la más colchonera”, consciente de la importancia del legado solidario.


Noticias como ésta podrán marcar la actualidad del mañana, porque cada vez que alguien deja una pequeña parte de su herencia a una o varias ONGs a través de un testamento o legado solidario, se consiguen cosas que parecen increíbles.