Durante un vuelo de la pasada tarde de Madrid a Nueva York operado por US Airways, Enrique Maroño, un bebé de nueve meses, logró hacer más ruido con sus llantos que los motores del avión, superando los 120 decibelios y rozando el umbral del dolor. “El crío hacía tanta fuerza al llorar que llegó a despegar y se elevó varios centímetros por encima de su asiento”, reconoce una de las azafatas de la compañía.

Según fuentes de la aerolínea estadounidense, el bebé despedía tanta energía con sus llantos y patadas que empujaba el avión hacia atrás, incrementando en un 50% el consumo de queroseno de la aeronave y sacudiéndola con más fuerza que las propias turbulencias. “Algo tiraba hacia atrás y resulta que era el crío ese dando patadas”, declara el piloto, Matthew Connor.

“A mi hijo le están saliendo los dientes”, se disculpaba el padre ante el caos creado en el avión. A mitad de trayecto, los gritos del bebé eran tan fuertes que la tripulación se vio obligada a ponerle la máscara de oxígeno, lo que hizo que la criatura se enfadara y chillara aún más.

La desesperación hizo que finalmente todo el pasaje arrancara a llorar de pura desesperación, sangrando por las orejas. “Salían del avión como si acabaran de sufrir un accidente terrible. El más tranquilo el bebé, que se había quedado dormido”, comenta un trabajador del aeropuerto de La Guardia.