Tras un largo periodo de espera, y siendo consciente de que no iba a poder disfrutarlo en vida, Felisa Bruño, de 87 años, decidió dejar en herencia su turno en la Seguridad Social. “Yo ya no llegaré a usarlo, así que lo mejor es que otra persona lo pueda disfrutar en mi lugar”, declaró mientras firmaba la herencia ante notario en su lecho de muerte, al lado de la máquina de café del hospital.

Aunque al principio la anciana quería repartir la cita con el odontólogo del viernes 7 a las 11:45 de la mañana entre sus nueve nietos y cuatro hijos, las tiranteces entre ellos le hicieron decantarse por el legado solidario. “Yo tengo problemas de estómago, lo lógico sería que me quedase yo con el turno del médico y no con su vajilla de Sargadelos”, lamenta Julián, el hijo mediano de la mujer, quien reconocía que “donar el turno a los más desfavorecidos está bien, pero yo tengo el estómago fatal”.

Como Felisa llevaba tanto tiempo en la lista de espera, el valor del turno es “incalculable”, según los expertos, y su donación mediante el legado solidario ha permitido la construcción de centros de salud en varios países en desarrollo. “Un turno en un ambulatorio español da para cientos de operaciones urgentes en poblados africanos”, reconoce una de las nietas de Felisa, quien falleció finalmente el pasado lunes “con la tranquilidad de haber hecho una buena obra”.


Noticias como ésta podrán marcar la actualidad del mañana, porque cada vez que alguien deja una pequeña parte de su herencia a una o varias ONGs a través de un testamento o legado solidario, se consiguen cosas que parecen increíbles.