Acusándole de dañar irreversiblemente el ecosistema de su oficina en Madrid, la organización ecologista Greenpeace ha despedido fulminantemente a Antonio Ibáñez, un empleado que llevaba a cabo tareas administrativas, por emitir “nocivos gases contaminantes” durante su jornada laboral.

En palabras de la entidad, la presencia del empleado “no solo iba en contra de nuestros principios éticos sino que hacía que el ambiente de la oficina fuera inviable para la vida humana”.

Se teme que sus reservas de gas sean inagotables

“Solo una rápida y decidida acción podía revertir el grave perjuicio que ha causado Antonio al medio ambiente, por lo que había que despedirlo. Sería incongruente, además, que organizáramos protestas para detener el efecto invernadero y las emisiones contaminantes cuando tenemos, en nuestras propias oficinas, el peor elemento de polución de todo Madrid”, explicaba un portavoz de la organización a la prensa.

“Encima, las emisiones se producen en cualquier momento, sin previo aviso y aprovechando el ruido de la impresora para disimular”, añadía.

Según un estudio publicado por Greenpace hace dos semanas, titulado “The societal consequences of ‘Antonio’s emissions’ and the problem of ozone layer depletion”, las oficinas de la organización podrían tardar diez años en recuperarse.

Hace semanas, miembros de la entidad y compañeros directos de trabajo de Ibáñez llevaron a cabo una llamativa protesta en la central madrileña descolgándose con arneses de la máquina del café con una pancarta que rezaba “Antonio, que te cuescas”. El desinterés, tanto por parte de Antonio como por parte de las autoridades, en poner fin a las emisiones, ha obligado a Greenpeace a despedir al empleado.