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Alargan un minuto de silencio para no tener que volver al trabajo

EL JEFE NO SE ATREVE A DECIR "BUENO, YA, ¿NO?" PARA NO PARECER INSENSIBLE

Los trabajadores de una oficina de Valdepeñas han decidido honrar la memoria de uno de sus compañeros, fallecido ayer de un infarto, dedicándole un minuto de silencio esta mañana. El gesto, sin embargo, se está prolongando mucho más de sesenta segundos porque nadie tiene intención de volver al trabajo en un día especialmente duro.

«Qué hijos de puta son», ha pensado el director del departamento cuando se ha dado cuenta de que ya llevaban más de tres minutos de silencio. Varios de los empleados, con expresión severa, están mirando fijamente a su superior en estos momentos, «retándome claramente y vacilándome porque saben que no puedo decir nada», cree el directivo.

Mientras tanto, los teléfonos no dejan de sonar y no parece que la reunión de planificación vaya a poder celebrarse porque en teoría estaba convocada para dentro de cinco minutos. «Hasta muerto me está jodiendo», se ha dicho a sí mismo el empresario, que no tenía una relación especialmente buena con el fallecido.

«Me las van a pagar», piensa el jefe, que no puede decir nada

El jefe ha carraspeado en cinco ocasiones e incluso ha llegado a susurrar «Bueno…», pero la estrategia ha sido neutralizada por Marisa, de contabilidad, que se ha sorbido los mocos «como si estuviera emocionándose cada vez más, la hipócrita hija de puta, que se las sabe todas», insiste el director del departamento.

Aunque la iniciativa de escaquearse de una mañana de trabajo infernal no había sido pactada de antemano, los trabajadores han ido todos a una por una vez y están de acuerdo en que Alfonso «el gordaco», su colega fallecido, aplaudiría el estratagema «porque era un jeta y siempre estaba pensando en cómo quitarse curro de encima».

En un intento desesperado por salir de «la puta trampa esta», el director se ha acercado con disimulo a la puerta de emergencia y la ha empujado con la espalda hasta abrirla, haciendo saltar la alarma. La plantilla, sin embargo, se ha mantenido impasible y ahora el jefe debe soportar la tensión del minuto de silencio, los teléfonos sonando con insistencia y el pitido enervante de la alarma de la puerta de emergencia.

«Me las van a pagar. Cuando se acabe esto se van a cagar pero bien. Especialmente tú, Mauricio, que sé que ha sido idea tuya», ha repetido el jefe del departamento para sus adentros clavando su mirada en Mauricio, de mantenimiento, que ha replicado levantando su cabeza hacia el cielo como si allí se encontrara el oficinista muerto al que él ni siquiera llegó a conocer personalmente.