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Taza de café siente cómo se le escapa la vida mientras es obligada a escuchar conversación sobre «los tíos»

NI SIQUIERA SE HAN MOLESTADO EN REMOVERLE EL AZÚCAR

Sin posibilidades de detener la conversación que Juana está teniendo con la amiga con la que ha quedado para hablar de su vida sentimental, la taza de café que Juana ha pedido hace ya casi media hora va enfriándose paulatinamente, sintiendo cómo se deshace la crema de su superficie y se le escapa poco a poco el calor, tal y como han informado fuentes del café «La Mammasita».

El café con leche, de la marca Segafredo, lamenta tener que asumir que el único propósito de su existencia sea un pretexto para que dos amigas conversen y Juana tenga a alguien que le escuche decir «lo realmente animada» que está gracias a su nueva situación sentimental, que es «muy discutible que Carlos y yo tuviéramos un futuro por delante» y «lo bueno que va a ser este cambio en mi vida, ¿sabes?».

Mientras el frío le invade de fuera hacia dentro, la taza confía en que en algún momento alguien se beberá su contenido pese a que ya no puede sentir nada más allá de su base, y nota el platillo como un cuerpo inerte que ya no le pertenece y que, de hecho, lleva diez minutos siendo utilizado como cenicero.

Conforme Juana detalla a su amiga cómo se siente ante el inicio de un camino interesante en el que debe aprender a estar sola antes de «empezar a caminar con alguien de la mano, metafóricamente», la taza de café asume que lo último que escuchará antes de enfriarse por completo será algo del tipo «que sí, tía, que tú vales mucho y ya está» o un cínico «a ver si nos vemos más y no solo cuando te deja el novio y tomamos más cafés como este». Se pregunta también si es mucho pedir que alguien le diera un sorbo o, como mínimo, removiera un poco más el azúcar que se ha quedado depositado en el fondo.

Al cierre de la edición, ha podido saberse que la última visión de la taza antes de alcanzar la temperatura ambiente y apagarse para siempre ha sido la de las manos de Juana desmembrando y troceando, con un sadismo inusitado, el cadáver del sobre de azúcar, al que conocía de toda la vida.

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