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El Gran Circo de la Corrupción llega a Madrid cargado de ilusión

CARTELERA

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Un espectáculo que encandila e indigna a grandes y pequeños

Los españoles han podido contemplar esta última semana uno de los mayores espectáculos que nos ha regalado la marca España hasta la fecha. El Gran Circo de la Corrupción, que lleva años demostrando solvencia y sobrado talento por todas las regiones españolas, llega al fin a la capital en su último y elaborado tour de force. En la estela de la regeneración de la escena circense contemporánea, el circo que han montado los dirigentes españoles parece destinado al público adulto, aunque sus números de magia y malabarismo fiscal deberían poder ser apreciados también por los niños, a los que es conveniente no esconder este espectáculo que pone los nervios a flor de piel y que resulta estimulante e indignante a partes iguales.

Los fans de la Gürtel lo estaban esperando

En primer lugar, esta exhibición destaca por su enorme proyección internacional. Y no es de extrañar: aúna una desbordante capacidad narrativa con una profunda reflexión irónica sobre la vida y la relación entre la empresa pública y la privada, siempre tormentosa. Junta riesgo y humor, sorpresas y risas. El funambulismo político y empresarial que muestra no tiene nada que envidiar a los ejercicios de trapecio del Cirque du Soleil. Es formidable asimismo el juego de luces y sombras, que ayuda a caracterizar los personajillos que por él desfilan: tiernos, descarados y melancólicos, efímeros como un sueño.

Con toques de comedia de intriga con figurón, Mariano Rajoy lleva hasta su extremo grotesco la caricatura del hombre vanidoso, sin intención moralizante: su protagonista es la rueda en torno a la que gira un mecanismo cómico de relojería bien engrasado. Se trata de un despliegue de pirotecnia juglaresca sobre un eje temático del que el protagonista se aparta a voluntad para volver cuando le place. Y es que la actuación del Gobierno goza de la calidad interpretativa marca de la casa: dejan que hablen los silencios más que las palabras.

Números de cartomancia que se despliegan con solvencia narrativa

Todo parece regido por los números de cartomancia en el que se sustituyen los tradicionales naipes por billetes y sobres con dinero movidos con virtuosismo y que, como por arte de birlibirloque, desaparecen para el fisco. Pero hay mucho más: cuerdas flojas, contorsionismo verbal e incluso desapariciones de escena (esa esfumada Aguirre que, sin embargo, parece inundarlo todo con su ausencia). No falta ningún palo del circo tradicional. ¿Y los payasos? De alguna manera no hay payasos ni bufones en la obra, hasta que al final el público descubre que el payaso es él. Ovación y en pie.

No obstante, pese a que el espectáculo se compone de números independientes… finalmente acaba entendiéndose una trama narrativa que aglutina en un único montaje todos los anteriores. Desde el primer minuto se mantiene la esencia de la esperpéntica Gürtel, que tan buen sabor de boca nos dejó con su cuidado vestuario, pero esta nueva propuesta va más allá. Mucho más arriba, diríamos.

En definitiva, la trama narrativa se despliega con maestría y precisión, dosificando los giros con cuentagotas. Esto resulta un estímulo que impide apartar los ojos de la pista. Una lástima que se desconozca la mano que ha escrito el guión de la obra. Igual que el guionista, apenas se conoce el presupuesto final del montaje, que podría batir récords. No pasa nada: el espectáculo está a la altura de lo que cuesta y se paga el peaje de buena gana.

Y no sería oportuno olvidarse de elogiar el poderío interpretativo de María Dolores de Cospedal en sus apariciones como solista: despliega unas tablas y una capacidad para dominar la escena como no se han visto nunca ante las cámaras españolas.

Lo mejor: El poderío en el escenario de una Cospedal en estado de gracia.

Lo peor: Que aún no conozcamos el final y que sepamos que va a decepcionar.

Valoración El Mundo Today: ★★★★★

Caricatura de Elthe.