A las dos del mediodía de ayer, Alberto Postobón pidió mesa para uno en el restaurante “La comisura sabrosa” de Barcelona. Mientras esperaba el primer plato y, especialmente, cada vez que la camarera se acercaba para servirle, el cliente atendía muy concentrado a la pantalla de su teléfono móvil. 

Pese a que Alberto hacía como que chateaba e incluso fingía reírse y asentía con la cabeza, fue la camarera la que se dio cuenta de que el móvil no sólo no era un smartphone sino que además estaba apagado. “No he visto nada que me diera tanta lástima en la vida, ni siquiera aquella vez que vi a un niño hablar con una de sus costras”, ha declarado la camarera, María Ramos, quien se quedó mirando la escena durante unos segundos con los ojos llorosos. En ese momento, Alberto dijo en voz alta, como si estuviera tecleando: “la kmarera se ha dao cuenta de k finjo pasalo”.

Después de que la chica derramara “sin querer queriendo” parte de la sopa sobre el dispositivo de Alberto, este se vio obligado a leer atentamente los ingredientes de la salsa de soja “como último reducto para seguir aislado en su individualidad”. María le arrancó entonces la salsa de soja de las manos y Alberto se entretuvo con el pollo asado. “A lo doctor Frankenstein. Usó los componentes del teléfono móvil y los introdujo en la pechuga, como si quisiera devolverlo a la vida. No sé si lo hizo para seguir entretenido con algo o porque realmente buscaba conseguir un ser vivo con el que poner fin a su soledad”, explica María, quien no entiende por qué “cuesta tanto mirar a los ojos de otro ser humano y tender una mano con lazos de amistad”.

Al salir del restaurante, Alberto cogió un taxi y, pese a que el celular se había quedado en el interior de su segundo plato -que no pudo comerse-, volvió a fingir enviar un mensaje de texto para no tener que hablar con el conductor. Llegó incluso a forzar la situación diciendo “voy a enviar un mensaje de texto, un dulce y largo mensaje de texto”. Posteriormente, para que no se viera que no llevaba móvil, metió los brazos y la cabeza dentro de su jersey de punto. “Y claro, se mareó y vomitó. La suerte es que todo quedó dentro del jersey. Ni siquiera le cobré, le abrí la puerta y se dejó caer al asfalto”, explica el taxista. Mientras el coche se alejaba de allí, Alberto seguía deletreando “dnd kdamos” a voz en grito.