Para poder tomar muestras valiosas del hábitat postmortem, los investigadores han tenido que sacrificar 36 ratas de laboratorio y un conejo, que murieron lentamente para permitir un “aterrizaje” gradual en lo que viene después de la muerte, sin destruir ni contaminar la zona. “Es un mal necesario si queremos descubrir qué nos depara el más allá” argumenta Peter Brennent, máximo responsable del hallazgo. Tanto la Curia Vaticana como las protectoras de animales han criticado esta metodología: “Por no dignarse a leer la Biblia, por no creer que la resurrección de Cristo es ya una evidencia suficiente, han tenido que morir absurdamente estas pobres criaturas”, se lamentaba el propio Benedicto XVI.

No se ha detectado cobertura con ninguna compañía

La presencia de agua tras la muerte es compatible con la existencia de formas de vida microscópicas, que los científicos consideran “bastante probable”, pero no está tan claro que en este entorno aparentemente árido pueda haber catedráticos, ingenieros o personas con estudios superiores en general. Tampoco se ha conseguido cobertura telefónica de ningún tipo, ni siquiera con un modem Wanadoo de 56,6 Kbps, considerado “una de las formas más primitivas de conexión de datos”.

La conclusión a la que se ha llegado es, en términos generales, que “la vida después de la muerte nos brinda un entorno muy parecido a un descampado como el que puede encontrarse en el término municipal de Hoz de Valdivielso, en Burgos. Es un lugar sin mucho movimiento, con apenas gente, y de vez en cuando alguna racha molesta de viento”, explica Brennent.