Los responsables de la farmacia Vila, en Barcelona, decidieron hace dos semanas dejar de vender supositorios a sus clientes “porque sacan lo peor de las personas”. La medida, impulsada por varias asociaciones norteamericanas, ya ha sido adoptada por farmacéuticos de distintos puntos del país, que se amparan en su derecho a la objeción de conciencia.

El Gobierno ha amenazado con sanciones advirtiendo que “los problemas de estreñimiento deben ser atendidos como cualquier otra patología y el supositorio ha demostrado su eficacia durante años”. El gremio de farmacéuticos, sin embargo, considera que “el supositorio obliga a defecar sin control y va en contra de la cultura del esfuerzo que tanta falta hace en nuestra sociedad”. La polémica se ha trasladado a la opinión pública, que se divide entre los afectados por el estreñimiento y quienes lamentan no poder prescindir del supositorio para hacer de vientre. “Soy un minusválido intestinal y la glicerina es mi droga”, confiesa uno de los afectados.

“No negamos que el estreñimiento sea un problema, pero la solución no es sucumbir a la falta de voluntad con parches químicos. Los supositorios provocan cascadas de alivio antinaturales y perversas”, explica el farmacéutico Antoni Vila, quien pide el apoyo de médicos y psicólogos “para introducir en España un cambio de mentalidad que ya se está consolidando fuera de nuestras fronteras”. Como alternativa al supositorio, Vila recomienda “usar una pelotita de espuma y apretarla muy fuerte hasta que nuestro tráfico intestinal empiece a despertar como una flor que se abre en plena primavera”. También elogia el potencial de la literatura de Paulo Coelho.

Los fabricantes de supositorios no entienden el repentino odio hacia este producto y defienden que “los farmacéuticos no tienen autoridad moral para decirle al consumidor cómo tiene que defecar y con qué medios”. Vila insiste en que “cagamos demasiado y mal y lo más grave es que ni siquiera lo hacemos por nuestros propios medios”.