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Contrata a un sicario para matar el gusanillo

ASUME LOS RIESGOS DE UN DISPARO EN EL ESTÓMAGO

Serafín Jardeño, cordobés de 51 años, ha decidido poner freno a su sobrepeso contratando a un sicario para que le mate el gusanillo. «Me prometí que no perdería el control en las comidas navideñas. No me ha sido posible. A pocas horas de cada atracón, vuelvo a tener ganas de comer. Es ese maldito gusanillo. Tengo que acabar con el gusanillo», insiste Jardeño. A través de un primo suyo, Serafín ha contactado con un sicario que se ofrece a eliminar cualquier «obstáculo» que le amargue la vida.

Aunque es consciente de que el gusanillo está en su estómago y que, por tanto, cualquier cosa que haga el sicario para eliminarlo puede afectar a su propia integridad física, Jardeño asegura que la presencia del bicho insaciable ya representa un peligro por lo que, en realidad, no tiene nada que perder. «Es muy triste que su falta de voluntad le lleve a pedir que le disparen en el estómago», apunta la esposa de Serafín. El sicario, sin embargo, asegura que el disparo es el último recurso. Antes de llegar a ese extremo intentará intimidar al intruso.

«Yo no puedo con el gusanillo. Está dentro de mí y es superior a mis fuerzas. Me tiene sometido a su voluntad. Realmente no necesito más comida pero me veo obligado a picar. Él me obliga. Nadie de mi entorno familiar tiene suficiente autoridad como para resolver esto. Los médicos no saben nada. Necesito a un sicario. Lo tengo clarísimo porque he visto ‘Los Soprano’ y lo tengo clarísimo y punto. Si me preguntas si me lo he pensado bien yo te digo que sí, te digo que lo tengo clarísimo», declara Jardeño.

En estos momentos, Serafín y el sicario están valorando distintas estrategias para intimidar o directamente eliminar al gusanillo. «Yo lo noto cuando se pone activo, me entran ganas de picar y siento nerviosismo. Le daría una paliza. No soy partidario de la violencia pero llega un momento en el que piensas: ‘O él o yo’. Y no tengo dudas al respecto», insiste Jardeño. Su mujer, sin embargo, afirma que lo único que hacen Serafín y el sicario es el ridículo: «Ahora se ponen chulos porque hay periodistas, pero luego, cuando están solos delante de la nevera y Serafín nota el gusanillo, el sicario saca el revólver y el otro le pide que se espere, que quizá se rinde el gusanillo, y mientras espera se zampa un sobao o lo que haya en la nevera. Y al otro le da igual porque cobra por horas. Hablan de fútbol y el sicario se acaba quedando a cenar porque se les ha hecho tarde». Jardeño, inmune a los recelos de su familia, aclara que el sicario está siguiendo una técnica de acoso psicológico «aprendida de los Marines».

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