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«Llevo dos años esperando la cuenta»

Marcial es uno de los «sintecho» más entrañables de la plaza de Santa Ana, en Madrid. Nadie le ha visto jamás pidiendo limosna y, quien se atreve a hablar con él, comprueba que tampoco apesta a vino. Permanece desde siempre sentado en una mesa de la terraza del bar Pajaritos, con su larguísima barba y sus ropas raídas. Su educación es exquisita y a todo el mundo trata con respeto. Lleva más de dos años esperando que los camareros le traigan la cuenta de una comida.

«Yo trabajo, o trabajaba, cerca de aquí. Y un día que hacía bastante buen tiempo y me apetecía que me diera el aire vine a comer a la terraza de este bar. Lentejas y merluza a la romana, lo recuerdo perfectamente», explica mientras escogemos el menú de hoy. «No tardaron mucho en atenderme y comí bastante rápido porque tenía una reunión después. Pedí la cuenta para marcharme enseguida y, bueno, en eso estamos». Desde aquel día, Marcial le recuerda al camarero que le traiga la cuenta cada vez que pasa por su lado, lo que sucede muy a menudo. El camarero en cuestión, que se llama Carlos, se limita a asentir con la cabeza y a decir «ahora voy».

«Como no llegaba la cuenta, se me hizo la hora de cenar y tuve que volver a pedirle algo al camarero porque me entró hambre. La cosa se prolongó hasta la mañana siguiente y así sucesivamente», explica Marcial mientras da cuenta de los guisantes que le acaban de servir. «Siempre hay guisantes los martes. Lo mismo cada semana. Añoro mi vida de antes».

El profundo sentido de la moralidad que le inculcaron sus padres impide a Marcial moverse del lugar y partir sin pagar lo que debe. «Pensarán que estoy haciendo un ‘simpa’. ¡Qué vergüenza pasaría si me llamaran la atención! No es factible hacer algo así. No he robado nada en mi vida y no voy a hacerlo ahora», promete mientras le pide al camarero más pan -que le trae inmediatamente, huelga apuntar-. Marcial prefiere esperar y ha aprendido a no lamentarse mucho: «Tengo comida y un baño, no hay excusa para irse. Y mis hijos, mi mujer y su nuevo novio vienen a visitarme a veces y me traen zapatos y mantas».

La situación del entrevistado es conocida por toda su familia, que comprende que no puede abandonar el bar. Todas las celebraciones las hacen en este local: «Apuntan los gastos en mi cuenta. Ya llevo dos o tres bodas y varias cenas de Navidad». Lo que el propio Marcial ignora es por qué Carlos, el camarero, es tan eficiente para todo excepto para llevarle la nota. «Yo creo que es porque él mismo ha perdido la cuenta de lo que debo y no sabe cómo enfrentarse a la situación. Nuestros destinos están unidos».

Marcial reconoce que no sabría cómo reaccionar si le trajeran la cuenta que lleva dos años pidiendo: «Seguro que debo un buen pico a estas alturas y la verdad es que solicito la nota cada vez con la voz más bajita, esperando en el fondo que no me oigan. He perdido la ilusión del primer día». Su cuñado, que es autónomo, le ha pedido que le pase el ticket cuando se lo traigan porque desgrava.

Cuando damos por finalizada la comida y la entrevista, pido la cuenta al camarero. Al menos esta factura no correrá a cargo de Marcial, pues la asume el diario. Al cabo de cinco horas, sin embargo, me doy por vencido. «No te preocupes», dice él entre lágrimas. «No me viene de aquí, ya le diré que me lo apunte a mí. Vete, tú que puedes». Y dejo atrás a Marcial, que se queda esperando esa cuenta que nunca llega.

Bar Pajaritos.

– Dos platos de guisantes.
– Dos platos de merluza rebozada.
– Dos flanes.
– Dos años de desayunos, comidas y cenas.

Total: incalculable. Cortesía del entrevistado.

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