"Veo un desierto de cinismo en cada agujero", dice Maite.

“Yo ya vi que nos ofreció bombones con la boca pequeña”, comenta una de sus compañeras. “Me pareció de muy mala educación su falta de sinceridad, así que cogí cinco”. Maite tuvo que presenciar, entre sorprendida e impotente, cómo desaparecían uno a uno los bombones que le habían regalado. “Lo viví como si fueran pedazos de mí misma y los devoraran entre todos con sonrisas y haciendo comentarios graciosos sobre la operación bikini”.

“Es lo normal, te regalan bombones y los compartes como en una gran fiesta de concordia y chocolate. Pero en su caso podías ver de reojo cómo nos miraba mal y carraspeaba cada vez que nos acercábamos a su mesa a coger uno”, explica otro testimonio del acontecimiento.

Fue inútil el intento por parte de Maite de dejar la caja abierta encima de su mesa -y no junto a la cafetera, como suele ser costumbre en la oficina- y tampoco sirvió decir “los pongo aquí por si alguien no puede aguantar la tentación, aunque ya sabéis lo mucho que engordan”.

Al acabar el día, Maite sólo pudo llevarse a casa un último bombón de licor. “Incluso una chica, no sé si a modo de recochineo o qué, dijo que lo dejara ahí para la señora de la limpieza, que también tiene derecho. ¿Derecho a qué? ¿A robarme?”, se queja la afectada. “Ahora sé con qué clase de personas trabajo. Me parece muy fuerte que regalen algo para luego comérselo ellos, no quiero ni pensar qué harían si les diera por donar órganos”.