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«Las bufandas ponen en peligro la vida de los españoles»

Andrés Vitoria es de los pocos que están en contra de la bufanda, una de las prendas más socorridas en cuanto se acerca el invierno. Aunque estéticamente no le disgustan, considera que las bufandas son dañinas y peligrosas para la integridad de las personas. Desde hace dos años preside una asociación que aboga por su prohibición. Es por este motivo que, cuando le veo entrar en el restaurante en el que hemos quedado para comer, me sorprende muchísimo verle enrollado en una enorme bufanda gris. «Me la ha regalado mi madre», explica entre dientes.

Mientras la camarera del restaurante chino Hai Cheng nos busca un sitio en el local, Andrés aclara que la asociación que preside no es, en realidad, ningún tipo de organización reconocida. «Al parecer no puedes constituirte como asociación si eres un único individuo», se queja. «Aunque yo esté solo en esto, estamos muy organizados igualmente. Según nuestros datos, podrían estar muriendo al año 4000 españoles ahogados en su propia bufanda. Admito que es una cifra hipotética que he pensado yo, pero asusta muchísimo. Una vez vi cómo un hombre que llevaba bufanda moría delante de mí. Hubo un golpe de viento, la bufanda le tapó la cara y no vió venir al coche que le atropelló. Fue muy aleccionador».

Utilizando una servilleta, el entrevistado me explica lo cerca que estamos cada día de que nuestras bufandas se queden enganchadas en las puertas del autobús y nos arrastren del cuello varios kilómetros hasta provocarnos la muerte. Insiste incluso en quitarse la que le ha regalado su madre y atármela al cuello para que compruebe lo mucho que rasca y lo morada que se me va a poner la cara si me la anuda muy fuerte. Por suerte, la llegada de la comida le distrae.

«Puedo entender que haya gente que considere que mi cruzada es exagerada, pero tenemos a media España con una soga al cuello. Si tú vieras a una madre atándole una cuerda al cuello a su hijo y apretando tal y como aprieta la bufanda, la denunciarías. Actúan impunemente con esos collares de castigo y nadie desconfía de ellas porque hablamos de prendas de lana» dice alarmado. «¡Y lo peor de todo es que muchas de esas bufandas las tejen las propias madres!».

La propuesta de Andrés no se basa simplemente en exigir la prohibición de la prenda. Para él es vital investigar y desarrollar alternativas a la bufanda. «Luego diremos: ¿Os acordáis de lo imprudentes que fuimos? Yo mismo he patentado un sencillo sistema de calefacción que nos permitiría pasear por la calle sin miedo a morir ahorcados en cualquier momento», dice tras comerse con las manos un pinchito de cangrejo. «Mi invento consiste en una pequeña bombona de gas de apenas dos kilos de peso que se llevaría en la espalda a modo de mochila. Con un mechero podríamos encender un pequeño radiador que se sitúa justo encima de la cabeza. Se nota un calorcete muy agradable en el pelo. Es mucho más cómodo y mucho más seguro. Y lo mejor de todo es que las madres no pueden construirlo en plan casero».

Restaurante Hai Cheng.

– Sopa de cangrejo.
– Cazuela de cangrejo con fideos de soja.
– Cangrejo con jengibre.
– Pinchito de cangrejo.
– Cerveza china.
– Licor de flores.
– Limón helado.
– Cangrejo de juguete con helado dentro.

Total: 7 euros.

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