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Un piso de estudiantes se llena de buscadores de setas

CRECEN ENTRE LOS ZAPATOS Y LA ROPA SUCIA

Fermín aguantando una gírgola de kilo y medio que había crecido en el salón.
«Lo descubrió el fontanero», explica Ramón, uno de los estudiantes del piso. «Vino porque la pica de la cocina llevaba dos meses atascada y ya estábamos hartos de comer pizzas Tarradellas directamente del plástico para no manchar cubiertos. Y el caso es que encontró un montón de champiñones raros debajo del fregadero y se los llevó en una bolsa. Por la tarde volvió con un montón de amigos y empezaron a mirar por todas partes, entre los armarios de la cocina, revolviendo entre la ropa sucia del pasillo…». Eso fue hace una semana y desde entonces no han parado de entrar viejos a todas horas con un cesto de mimbre bajo el brazo.

«Es difícil salir a buscar setas por la ciudad y, como somos jubilados y no tenemos coche, lo tenemos especialmente difícil. Fermín me dijo que aquí había material y se corrió la voz», dice uno de los aficionados mientras escala una montaña de zapatos del recibidor. «Hay que saber cortar las setas, no se deben arrancar de donde están sino que tienen que cortarse con una navaja, así van creciendo más y más. Y las cestas tienen que ser de mimbre, para que las esporas vayan cayendo sobre la ropa, los papeles y las latas de cerveza y sigan creciendo rovellones y champiñones y de todo», explica mientras llena su cestillo.

El tradicional recelo de los buscadores de setas está empezando a afectar a la convivencia de los inquilinos del apartamento y a los propios visitantes. Cada uno tiene sus propios rincones reservados, que vigila con ahínco. «Uno descubrió que habían salido un montón de rovellones detrás de la lavadora y se quedó allí, vigilando que nadie se acercara, y es un poco injusto porque las setas son de todos y hay que compartirlas. Además, el rincón de la lavadora es el mejor porque es muy húmedo» dice otro buscador de setas mientras arranca el parqué buscando trufas. Marei, una de las chicas del piso, hace dos semanas que lleva ropa sucia porque le da miedo acercarse al lavadero a hacer la colada.

Pese al revuelo, los jóvenes tardaron en darse cuenta de que la invasión de buscadores de setas no era normal. «Aquí siempre hay mucha gente entrando y saliendo y no es raro encontrarte a alguien que no conoces durmiendo en el sofá o en la moqueta por las mañanas; te limitas a no hacer preguntas y a ofrecer café», dice un estudiante. «Yo creo que Marisa, que va todo el día fumada y se mete de todo, no debe de haberse enterado aún. Es la guarra del piso. Guarra de verdad y guarra de lo otro también. No le hemos dicho nada, que se joda porque es una borde y una borracha y siempre termina ella el papel higiénico y luego no baja a comprar más. Ni siquiera pone un paquete de Kleenex».

Al ser preguntada por la situación de las setas, Marisa se limitó a encongerse de hombros: «No sé, yo he visto muchos tipos por aquí pero pensaba que eran los colegas de alguien. Espero no haberme acostado con ninguno anoche porque volví de fiesta y no recuerdo demasiado».

El único percance serio tuvo lugar cuando uno de los ancianos encontró hongos secos en la mesilla de noche de Marisa y se los llevó a casa confundiéndolos con los comestibles. Fue hospitalizado con «fuertes alucinaciones y ganas de marcha», pero el incidente no ha minado los ánimos del resto de buscadores de setas, que siguen acudiendo en manada.

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