Justo cuando Pilar sacó del horno el codillo que llevaba preparando desde las nueve de la mañana, llamaron al timbre varios vecinos para dar la noticia y truncar así el ambiente festivo que se estaba viviendo en el domicilio. Aunque la mujer consiguió despachar a sus vecinos con eficiencia, minutos más tarde volvieron a interrumpirla puesto que su esposo es el presidente de la escalera y, por lo tanto, se requirió su colaboración para facilitar a los bomberos las llaves que dan acceso al foso del ascensor. Tanto él como Pilar intentaron argumentar con los bomberos para que el cuerpo se retirara al día siguiente “ya que no estará más vivo ahora que mañana”, pero de nada sirvió insistir.

“Tuve que ir yo a decirle a mi marido que se le enfriaba la comida porque ya estaba ahí ayudando a los bomberos a estirar el ascensor para arriba, pues se había hundido casi un metro en el suelo y querían sacar el cadáver. ¿Es que esta gente no descansa? No ya porque sea mi santo, sino porque deberían estar con sus familias comiendo”, se queja Pilar.

Luego, durante el café, no pararon de oír los llantos en la escalera de los familiares y allegados de Sunyer, que también despertaron la animadversión de Pilar: “Cuando no son martillazos es otra cosa, la cuestión es que aquí siempre le fastidian la hora de la siesta a una incluso cuando está celebrando algo. Y para colmo volvieron a picar al timbre para preguntarle a mi marido si pensaba cambiar el ascensor. Si esto no es egoísmo, que venga Dios y que lo vea”.

Cuando los vecinos se dieron cuenta de lo que habían hecho, no dudaron en pedir perdón por haber echado a perder, con tanto trajín, una jornada que debería haber sido tranquila y agradable para Pilar y los suyos. Al extenderse por el barrio la noticia, fueron muchos los que se acercaron a encender una vela encima del buzón de correos de la familia Prats, en señal de duelo y solidaridad. La misma viuda de Ramón Sunyer estuvo consolando a Pilar toda la tarde, desatendiendo incluso a los agentes que le pedían que identificara el cadáver de su marido. Ella misma reconoce que es trágico “cuando una se tira toda la mañana cocinando y luego algo lo echa todo a perder”. Al parecer, la viuda estuvo toda la tarde haciéndole tilas a Pilar e incluso se dignó a fregarle los platos y a llevarse a los niños a dormir a su propia casa para que no vieran a su madre en estado de profundo abatimiento.