Trabaja 24 horas al día, 7 días a la semana.
“Nos alegra que, al fin, pueda dedicarse a lo que él le gusta escogiendo su propio horario y trabajando bien cerquita de casa”, explica su mujer. “Es cierto que habrá que pagar un montón de impuestos y que si se pone enfermo estamos vendidos. Lo bueno es que difícilmente un robot puede ponerse enfermo”.

Sin embargo, lejos de alegrarse con el cambio, su familia está sufriendo ciertas consecuencias no previstas. El problema, como asegura la esposa de Federico, es que aunque ahora puede decidir él mismo los horarios, parece carecer de voluntad y puede estar mucho menos tiempo con los suyos. “Le notamos muy distante, no hace más que pensar en trabajar, trabajar y trabajar. Le miramos a los ojos y no le reconocemos, él va a lo suyo. Al menos antes cuando llegaba a casa podía olvidarse de todo. Ahora es como una nevera: eficiente pero frío. Eso por no hablar del ruido que hace por la noche”, dice resignada.

Federico, lejos de comprender los miedos y reparos de su esposa, permanece inalterable y ajeno a cualquier sentimiento humano. Sus pensamientos se centran en cumplir con los pedidos que le llegan y en contratar la tarifa telefónica más adecuada a las necesidades de su negocio. Lejos han quedado los días en los que, al llegar de trabajar, jugaba con sus hijos o les ayudaba a hacer los deberes. “Y encima le vas a abrazar y te pinchas con todos esos cables raros que le cuelgan”, insiste su mujer. “Intentas razonar con él y le salta el software de calcular el IVA , con lo cual se queda procesando durante horas y haciendo ruidos”.