María Cerdejos tiene 66 años y no recuerda si al final se casó o no con Mario, el hombre con el que convive “desde hace… no sé, creo que desde que me casé”. Ambos sufren los achaques de la edad, aunque María, más joven, lo lleva mejor que su compañero, que recoge pelusas del suelo creyendo que pertenecen a la cabellera de Lord Byron. “Yo sé que no atinamos mucho y por eso pido al Gobierno que deje que nos casemos por lo senil. Le mando cartas al presidente Adolfo Suárez, pero me contesta hablándome de sus perros”, se queja.

Los dos ancianos me reciben muy cortésmente, pero han cometido un error fatal que me obliga a apartar la vista. Él se ha puesto su ropa pero también la de ella, por lo que María va completamente desnuda. Mario suda como un cerdo y se queja continuamente del horno del vecino, al tiempo que busca un charco en el que refrescarse. “No sé cómo lo hacían los cromañones, de verdad que no lo sé. Y encima hicieron aquello del fuego. Qué calor”, se lamenta.

Intuyo que María sufre alzheimer porque cada cinco minutos se sorprende de verme y me pregunta si soy “el chico de los espárragos”. Pero se la ve tan feliz como a su pareja. No parece importarles la crisis económica y su único objetivo en la vida es “casarnos con nuestros vestidos de viejo y luego viajar al norte, a Internet”.

La comida que me sirven es, probablemente, la que a Buñuel le hubiera gustado servir en sus rodajes. Hay una dorada partida por la mitad encima de una vieja y manchada bandeja de plata que, en el centro, luce una pegatina muy grande de Titanlux. Como las dos mitades del pescado están desplegadas con los ojos mirando hacia arriba, Mario cree que se trata de dos pescados gemelos y les tira guisantes para que jueguen. Su compañera le ruega que no juegue con la comida pero él replica que es la comida la que está jugando. Luego pide el postre y María me pregunta si he traído algo con piña. Por suerte, un cuadro cae repentinamente al suelo y con ello se da por terminado el ágape.

Mientras sirve un poco de té “que no es de los moros, sino del otro”, María se queja de que las autoridades les traten con paternalismo y critica a la Iglesia, “que tiene ganas de que nos muramos para que comprobemos que lo que dicen es verdad”. Mario, en un arranque de lucidez, exclama que “aquella película de Amenábar es una mierda” y promete que, si nadie se ofrece a casarles por lo senil, acudirá al extranjero. María le ordena que se tranquilice. “No le grites al chico, que sólo ha venido por lo de los espárragos”, explica con tono conciliador.

Domicilio de Mario y María Cerdejos

– Dorada “à la Titanlux”.
– Guisantes.
– Té que no es de los moros, sino del otro.

Total: cortesía del entrevistado.