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Llega a Normandía la última barcaza del Día D

SUS TRIPULANTES SE PERDIERON EN 1944 POR CULPA DE UN OLEAJE REPETITIVO

James F. Sanders.
El pasado sábado 5 de septiembre el clima era soleado y ventoso en la localidad francesa de Vierville-Sur-Mer, en la costa de Normandía. Tan sólo alguno de los últimos turistas de la temporada paseaba por el que es uno de los escenarios históricos más célebres de la Segunda Guerra Mundial, la playa Omaha. Eran exactamente las 11.03 cuando una barcaza de desembarco embarrancó en la arena, dejó caer estrepitosamente la compuerta y de ella saltaron veintisiete soldados al mando del capitán James F. Sanders, pertenecientes a un batallón del 116º Regimiento de Infantería.

Escamado por el escaso fuego enemigo, después de situar a sus hombres en una posición protegida, Sanders intentó establecer contacto con el mando aliado. Pero habían pasado ya sesenta y cinco años y tres meses desde el desembarco de Normandía y nadie respondió. No tuvo entonces más remedio el oficial que reconocer la cruda realidad. “Hemos llegado tarde, no hay excusa”, dijo a los soldados, algo que causó entre ellos un evidente malestar. En un intento por mantener el espíritu de combate, Sanders optó por ser franco. “Joder, nos hemos liado, chicos. Bueno, la buena noticia es que tenemos el día bastante libre. ¿Qué, una cervecita y algo para picar?”.

Pero nadie estaba para aperitivos. Pertrechados con el equipo de campaña, unas armas corroídas por el salitre y tras largas décadas de sobrevivir precariamente a bordo de una abarrotada embarcación, los soldados americanos se sentían realmente frustrados. “¿Y Hitler? ¿Ya no está? Jodeeeer, vaya putada, neng”, se oyó decir. Algunos luchaban por contener las lágrimas. Otros simplemente no entendían qué les había pasado. “Tantos meses de entrenamiento para nada”.

Unas horas más tarde Sanders relataba a un periódico local detalles de su peripecia. “En junio del 44 el oleaje era intenso y, pum-pum, nos despistó. Dichosas olas. ¿Las habéis visto? No se están quietas. Todas parecen iguales”. Con ello el militar admitía tener parte de culpa. “Hacia 1967 un cabo me dijo que sospechaba que algo no iba según el plan previsto, pero no le hice caso. Me obcequé. Fueron los nervios, la tensión previa a entrar en combate. Además, todos sabíamos que la guerra podía durar”.

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