Julio Rosado arriesga su vida cada verano provocando fuegos en enclaves inaccesibles con el objetivo de que su hijo, que es bombero, no se duerma en los laureles. “Cuando iba al cole le ponía más deberes, ahora hago un poco lo mismo. Tiene tendencia a apoltronarse y no quiero que sea de esos bomberos gandules que se aprovechan de la calma chicha veraniega y que, cuando ocurre algo grave, van siempre detrás pidiendo refuerzos y haciendo como que trabajan”.

Tiene quemaduras en la cara y cortes en los brazos y en las piernas “de andar siempre por los bosques, entre la maleza”. Se dedica a la piromanía desde hace tres veranos, justo el tiempo que su hijo Juan lleva en el cuerpo de bomberos de Girona. “La gente se cree que incendiar un bosque es fácil. Pero hay que conocer el terreno, predecir por dónde van a extenderse las llamas y, sobre todo, levantarse a las cinco de la mañana en plenas vacaciones de verano”. Y lo hace de forma completamente altruista.

Los compañeros de Juan Rosado admiran a su padre y aguardan impacientes para ver “por dónde nos va a salir”. Gracias a su constancia, el verano se convierte en una sucesión continua de sorpresas y retos profesionales. “El primer incendio que nos provocó fue en la habitación de Juan, por aquello de empezar despacito. Ya me dirá usted qué padre de familia se arriesgaría a perder su propia casa para que su hijo prosperara profesionalmente. Yo nunca he visto una entrega similar” declara Roger Guifré, colega de Juan. Pero es que, además, no se limita a iniciar el incendio y regresar a la comodidad de su hogar. “Se espera a que la cosa se descontrole totalmente y entonces nos llama. Nos da algunas pistas sobre dónde se encuentra y nos va diciendo ‘frío, frío’ o ‘caliente, caliente’ según si estamos cerca o no de adivinar dónde está el fuego. A veces acertamos rápido y otras nos acabamos enterando porque llama algún ciudadano”, explica Guifré. “Y luego, una vez en la zona, nos va siguiendo para ver si lo hacemos bien, y sobre todo le da caña a Juan para que no se empane, porque sí es verdad que tiene tendencia a despistarse”. Juan se ríe y admite que se cansa rápido de las cosas.

“¿Y la gente que pierde sus casas e incluso su propia vida?” le pregunto a Julio. “Por supuesto, ellos también merecen toda mi admiración” asegura ese héroe veraniego entre los aplausos de los jóvenes bomberos, rivales en los bosques y cómplices en la barra del bar.