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Un señor es ninguneado en una boda

NADIE TUVO LA DEFERENCIA DE ESCUCHAR SUS ANÉCDOTAS PERSONALES

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Lorenzo Santino, extremeño de setenta años, acudió ayer a la boda de su sobrina Rocío, cuyo convite se celebró en el restaurante El Botijo de Cáceres. Durante todo el ágape, Lorenzo intentó intervenir en distintas conversaciones aportando datos y anécdotas personales pero los demás comensales, liderados por Margarita Fraguas y María Luchana -a las que la víctima ni siquiera conocía-, ignoraron repetidamente sus contribuciones y llegaron incluso a darle la espalda físicamente. Ante tamaña afrenta, Santino dedicó gran parte de la celebración a centrar su mirada en un punto fijo del espacio. Cuando dicha tarea se tornó tediosa en exceso, optó por levantarse de la mesa que le había sido asignada y deambular sin rumbo por la estancia hasta que, finalmente, encontró un grupo de niños que jugaba a las adivinanzas. Esperanzado, Santino echó mano de algunos refranes y chistes infantiles que, por antiguos e improcedentes, provocaron la indiferencia en las criaturas. «Aquello fue definitivo, así que no intenté nada más. Pasé las siguientes dos horas mirando el reloj y comiendo peladillas», confiesa.

Por el hecho de haberse arrodillado para hablar con los niños, la víctima sufrió una rampa en el pie derecho y tuvo que afrontarla en soledad. Nadie se inmutó al verle cojear en un rincón apartado de la sala, hecho que provocó la indignación de Santino. «Entonces ya decidí pasar de todo. Me quité hasta la corbata. ¿Para qué guardar las formas si nadie se iba a fijar? Al rato me fui a la cocina del restaurante y fíjense que los camareros y los cocineros, que estaban muy atareados, sí tuvieron la decencia de escucharme mientras trabajaban. Me hice bastante amigo de un chaval peruano que es fan de los Dire Straits. Luego se fue porque terminaba su turno, pero aquello me salvó la tarde».