Los coches fueron a por él sin inmutarse.
José Alberto Roboredo, agente de la Guardia Civil de Tráfico, se suicidó ayer en un cruce muy concurrido de Avilés, su ciudad natal, aprovechando la autoridad que su uniforme le otorgaba. “Si hubiera sido un ciudadano normal, de paisano, en la vida hubiese empotrado mi coche contra él. Pero es que se trataba de un Guardia Civil. Y claro, como decía ‘ven, ven’, pues yo pensé: ‘allá que voy'”, asegura uno de los catorce conductores implicados en el trágico suceso.

“Estaba pasando por un momento muy difícil. Su mujer le había abandonado por un Mosso d’Esquadra y claro, eso es muy duro para un Guardia Civil y más si es varón” afirma Enrique Murón, compañero del fallecido. “Lo de hacer gestos con los brazos para atraer a los coches lo hacemos a veces como un juego inocente, como quien torea y tal, pero nunca lo llevamos al límite. Estaba claro que no quería vivir. Me sabe mal porque lo suyo hubiera sido atraer a un camión y ya está. Le dio por provocar a catorce utilitarios y aquello se convirtió en una agonía porque hoy en día un Smart de esos es que ni te pela la rodilla”, añade Murón.

El director general de la Policía y la Guardia Civil, Francisco Javier Velázquez López, ha lamentado “muy profundamente y en nombre de todo el Cuerpo” la muerte de Roboredo, del que se erigirá una estatua conmemorativa justo en el cruce donde el agente perdió la vida “pero con un cartel que advierta a los coches de que no deben empotrarse allí”.