Un estudio de la Universidad de Padua sobre emotividad familiar ha concluido que muchos de los besos y arrumacos que se realizan en el entorno doméstico entre parientes y allegados podrían evitarse porque “su relevancia es nula y su constante repetición genera asco y cansancio en algunos casos”, en palabras del psicólogo Giacomo Rovi, encargado de la investigación. “Tocar al otro no es sólo comunicar afecto. Es también un modo de decirle que nos pertenece y que, por eso, tiene que asumir que lo abracemos y lo besemos cuando nos dé la gana” añade el experto.

Aunque la expresión física del cariño que se siente por otros ha sido bien vista desde siempre en sus formas más habituales -besos en la mejilla, palmadas en la espalda, abrazos o pellizcos suaves-, el estudio pone el acento “en aquellos besos que están de más porque ni el que besa ni el que es besado tienen ganas de hacer lo que están haciendo y actúan bajo el yugo del formalismo y de la costumbre”, insiste Rovi. Se trata, según las conclusiones de la investigación, de dos de cada tres besos que se dan en un entorno familiar.

Ser besado por un anciano podría considerarse una agresión.

Rovi asegura también que “cuando un nieto recibe el beso de un abuelo, su cerebro reacciona exactamente igual que cuando recibe una bofetada o es amenazado por un animal salvaje. Se descarga adrenalina y se activan todos los mecanismos de defensa, aunque no es una defensa activa sino pasiva, consistente en esperar a que pase la tormenta”.

Este hallazgo podría conllevar cambios en el ordenamiento jurídico, pues “parece claro que, aunque es bonito y necesario que ancianos y jóvenes intercambien afectos, besarse no es la mejor manera de hacerlo ni la más sincera. Es la más agresiva y dañina para la persona. Tendrían que limitarse a hablar sin aproximarse mucho, o bien usar a otros viejos como intermediarios si es que los viejos entre sí no se dan asco, que también podría ser”.