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Cae de la moto y se parte el alma

SE ABRAZA A LA GENTE Y SUSURRA "UUU-HUUU"

Juanjo M., vecino de Bilbao, sufrió hace algunos meses un accidente de moto. “Fue en una rotonda, no me fijé que venía un Citroën Xantia, se me fue la moto y me pegué la leche”, explica él mismo. Aparentemente el accidente no fue grave y Juanjo se pudo poner de pie para comprobar que no sufría heridas de consideración, tan sólo algún rasguño. A pesar de que el accidentado decía encontrarse perfectamente, una ambulancia lo trasladó al hospital de Basurto, donde le fueron realizados los reconocimientos habituales en estos casos.

“Los médicos me hicieron radiografías y me mandaron a casa porque dijeron que estaba bien”. Pero en casa Juanjo empezó a notar unos síntomas extraños. “Cualquier cosa le hacia llorar –explica su madre, doña Encarna–. Estaba decaído. Se me abrazaba todo el rato y me decía al oído cosas como uuu-huuu. Era muy raro, aquello”.

Los días de lluvia, Juanjo no salía de casa y se pasaba las horas mirando por la ventana suspirando. “Decía uuu-huuuu, todo el rato. Qué pesado estaba. Yo le decía: ‘anda hijo, enciérrate en el lavabo y hazte una manolilla a ver si te animas’”.

En la Seguridad Social, Juanjo fue de especialista en especialista hasta que, por casualidad, un día en una sala de espera coincidió con el padre Joaquín, un cura corpulento que iba a visitarse por un problema de hipertensión. Juanjo revive el encuentro: “el padre Joaquín enseguida vio que mi problema no era físico. Me preguntó si me había dejado la novia. Le dije que no. Y como le iba teniendo confianza me fui acercando a él hasta que lo abracé con fuerza y le susurré uuu-huuuu. Entonces él lo tuvo clarísimo. ‘¿No te habrás caído de la moto?’, me dijo. La había clavado”, recuerda Juanjo conteniendo la emoción.

“Son muchos los casos de rotura del alma –explica el cura–, cualquier golpe seco, una caída tonta, una sacudida accidental con un bate de béisbol justo detrás de la oreja, te puede partir perfectamente el alma”. Los médicos no suelen tener el equipamiento técnico necesario para reconocer fracturas de índole anímica ni los tratamientos espirituales están cubiertos por la sanidad pública, así que a personas como Juanjo sólo les queda la opción de recurrir a la Iglesia.

“El padre Joaquín no sólo me ha devuelto las ganas de vivir, también me ha arreglado la moto –dice un muy agradecido Juanjo–, así que casi todos los viernes voy a la parroquia a echarle una mano con el taller”.