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«Hago cosas con beicon»

Los almuerzos de EMT

Joaquín Planillo con una de sus últimas creaciones.

Planillo explica que siempre fue bueno haciendo manualidades y, de hecho, hasta hace dos años se ganaba la vida como ebanista. Luego lo dejó para dedicarse profesionalmente a una actividad que había ido desarrollando a modo de afición desde hacía diez años: modelar con tocino. «Pero no cualquier tocino: panceta de la buena, de la del pueblo, no esas que venden en el súper, que son todo química». Empezó a darse cuenta de las propiedades del beicon «en una de esas típicas sobremesas en las que vas hablando y empiezas a hacer tonterías con la comida». Tras una hora de conversación había hecho un retrato de su interlocutor usando las sobras de un plato combinado.

Mientras sitúa las figuritas de beicon que nos servirán de comida, Joaquín explica que empezó haciendo objetos cotidianos, de más sencillos a más complejos: dados, pelotas, joyas, bicicletas estáticas… «Luego me fijé en Lladró y empecé a imitarles. Donde ellos usaban porcelana yo usaba panceta. Donde ellos usaban pintura yo usaba salsas. Intenté venderles algunas piezas, pero no las quisieron». Una lástima, pues el «Payaso triste número 3» que tomamos de entrante ofrecía un nivel de detalle que no tiene nada que envidiar a las figuritas de la famosa marca catalana.

Reconoce que se ha vuelto ambicioso, está planeando construir un coche de beicon «y que el combustible sea el mismo aceite que use para freírlo. Me parece muy poético. Una metáfora de algo, de la vida. Porque la vida es como algo que se consume pero nace de la vida misma, que es el sexo. Freír sería el sexo y el beicon sería la carne» dice pensativo mientras mastica la crujiente cabeza de un Bart Simpson en miniatura. «Bueno, quizá el coche no es una metáfora de nada, pero a mí me gusta la idea».

Poco a poco su obra se ha tornado más compleja también a nivel conceptual. Cuando termine con el coche dice que experimentará con el rebozado. «Pero no quiero rebozar panceta o calamares o un edificio. Eso no me atrae, es demasiado fácil, demasiado obvio. Lo que pretendo es usar sólo rebozado, como material en sí mismo. Rebozar rebozado. ¿Qué sería propiamente lo rebozado y qué lo que reboza? Esa recursividad me interesa muchísimo».

Pese a la carga emocional que Planillo pone en todo su trabajo, no ha conseguido que su obra tenga salida comercial. Sus creaciones no interesan ni en el mundo del arte ni en el de la hostelería. «Fui a una empresa de cátering, pensé que quizá les interesaría sustituir las poco originales esculturas de hielo por esculturas de las mías, pero tampoco las quisieron», se lamenta al tiempo que se chupa los dedos. Lo cierto es que a Planillo se le están acabando los recursos y empieza a sentir la necesidad de sustituir el beicon por materiales más baratos. «Pero el jamón york no es lo mismo, ni a nivel plástico ni a nivel conceptual, y a mí lo que me gusta es poner toda la carne en el asador», reconoce.

Pese a sus problemas económicos y de salud -los médicos le han advertido de que sus arterias no soportarán mucho más tiempo una dieta como la suya- sólo hace falta ver la pasión con la que habla de sus creaciones para comprender que Joaquín Planillo piensa dedicar su vida al tocino y a nada más. «Ese momento en el que sabes que si añades una loncha más tu obra pasaría a ser otra cosa, en el que sabes que ya está, que has terminado, que ya ni la obra ni el beicon te pertenecen… es algo místico. Místico y pringoso, claro».

Casa de Joaquín Planillo.

Payaso triste en beicon.

Bart Simpson en beicon.

Duquesa de Alba en beicon.

Miniatura del Valle de los caídos en beicon.

Muñecos de los protagonistas de «Perdidos» en beicon.

Total: 0€ (gentileza del entrevistado).