Blain con su familia, en una de sus fotografías más célebres.


Blain con su familia en una de sus fotografías más célebres.
Si algo caracteriza a Laurent Blain es el hecho de que escribe como si se estuviera desangrando. Estampa en cada página, con trazos frenéticos, lo que vomita su cerebro como si no hubiera un mañana, como si la tinta que da forma a sus tramas delirantes fuera a evaporarse, a reducir todo su esfuerzo a la nada. Esclavo de una prisa autoimpuesta y visceral, contagia su enfermiza inestabilidad al lector y por eso son muchos quienes se ven obligados a desertar a media lectura por culpa de la fatiga y del asco. “Me entusiasma pero me turba porque es producto exclusivo para mentes temerarias, vidas oscuras y amantes del abismo” declara Enrique Vila-Matas, propietario de un Ford Escorpio del 85.

Además, se da el caso de que Blain no distingue la ficción de lo que no lo es, y por lo tanto considera que su literatura es una prolongación de su vida y viceversa. Sus obras están colonizadas por psicópatas y la existencia del autor probablemente también, según apuntan muchos críticos. “Hay que estar muy reforzado emocionalmente para dejarse impregnar de este ambiente antipático y mezquino, para asumir que uno está consumiendo deliciosos pero indigeribles manjares previamente cocinados por un sádico implacable. Un sádico que existe de verdad”, escribió su compatriota Chuck Palahniuk.

Se dice que las atrocidades que cuenta las ha vivido realmente y algo de verdad hay en ello si se tienen en cuenta algunos hechos. En 1990, por ejemplo, su hijo de cuatro años tuvo que ser hospitalizado de urgencia con severas quemaduras, atribuidas inicialmente a un accidente doméstico del que la prensa no dio demasiados detalles. La obra que Blain publicó medio año después, “El hombre a medio hacer” (Áurea, 1991), es una novela futurista ambientada en un contexto en el que los niños maduran física y mentalmente calentándose cinco minutos en el microondas e hinchándose como un soufflé de chocolate. Un mundo dominado por la inmediatez y en el que los procesos, por complejos que sean, no se prolongan más que unos pocos segundos:

“Ni viajes ni esperas ni proyectos ni largos desarrollos, tampoco distancias ni perspectivas ni momentos para el tedio. Ni especies en peligro (extinguidas) ni moribundos (ya muertos) ni negociaciones (contratos) y mucho menos esposas con largos embarazos (hijos casi adultos casi viejos y casi cadáveres con vidas efímeras de larva de mariposa). Lo que se podría barajar se ha decidido, lo que habría que explicar ya se ha entendido y lo que podía pasar ya ha sucedido. Y cuando empieza a dolerte la barriga en el metro es porque ya hace rato que te has cagado encima, grandísimo y caduco hijo de puta”.

Cuando este libro salió a la luz, a nadie se le ocurrió relacionar el incidente de las quemaduras con los bebés madurados en el microondas. Sin embargo, un año más tarde la madre del autor aparecía en su domicilio muerta por deshidratación y con el cuerpo extrañamente lleno de pinchazos. Siete meses después, Blain presentaba “No hubo dolor en el abrazo del cactus”, una cruel fábula protagonizada por un prisionero cuya fortaleza inhumana le permite soportar cualquier tortura, incluso la de ser abandonado en pleno desierto. Fueron muchos los que vieron entonces el paralelismo entre la vida y la ficción de Laurent Blain. Y fue en aquel momento, además, cuando el autor decidió que no hablaría más de su obra en las entrevistas, que se centraría sólo en el tenis. Aún y así, su decisión aportó interesantes documentos periodísticos como la famosa charla reproducida hace dos años en la Eastern Review:

– En el último set acusó el cansancio. Pero no el cansancio físico, sino sobre todo el emocional. Y el tenis es deporte a sangre fría.

– Y tenacidad, como la que muestra el doctor Flensh en Devuelto al remitente, su último relato publicado en…

– …habiendo remontado un seis a uno, objetivamente podía haber superado ese último juego.

– Sin embargo, en el fondo no hay objetividad en sus universos literarios, todo son conjeturas y probabilidades, no se pisa suelo firme.

– La tierra batida tuvo algo que ver con el desarrollo del partido, eso no lo niego. Por supuesto que hay cosas que influyen, y él es claramente un jugador de hierba. Pero cuando estás en la élite ni siquiera esas cosas deberían detener tu avance.

Quizá sabiendo que la gente aguardaba al próximo incidente para prever los contenidos de sus futuros libros, Blain decidió de repente invertir el proceso. En 2006 publicó “La lentitud del frío” y dos días después de que la obra saliera de la imprenta un abogado residente en Long Island, vecino del escritor, descubría en el congelador de su casa un paquete lleno de tortugas petrificadas por el hielo. En la novela no hay tortugas -el argumento sitúa al mundo en una especie de jet lag a gran escala que hace que Europa esté dos años adelantada en el tiempo respecto a los Estados Unidos- pero el título sin duda refleja con cinismo el suceso posterior.

Hasta el momento, nadie ha podido acusar de nada a Laurent Blain. Está cubierto, tiene todas las coartadas posibles y, de no ser por lo que escribe, parecería que no ha roto un plato en su vida. Sólo en una ocasión estuvo a punto de tener problemas con la justicia: quemó el coche de su mujer rociándolo con un líquido altamente inflamable y las cámaras de vigilancia le delataron. Su esposa no le denunció y él justificó su comportamiento diciendo que se trataba de una simple licencia literaria. “Son cosas que tiene el hecho de vivir como se escribe, o de escribir como se vive”. Dos meses y medio más tarde, el autor publicaba en Internet un relato breve en el que unos incendios espontáneos sembraban el terror en Texas.

Hace unos meses circula por la Red una breve lista que recoge, según dicen, los títulos de las seis próximas publicaciones de Laurent Blain. Nadie se la tomó en serio hasta que el propio autor, sorprendido en un renuncio mientras comentaba el Roland Garros, dijo que tenía pensado dedicarse a la poesía y que su próximo libro sería una colección de letras de himnos para ficticios equipos locales de rugby. Puede que el escritor conociera esa lista previamente y esté jugando a desconcertar a sus lectores, pero los títulos siguen produciendo inquietud entre la comunidad literaria:

“Cánticos y campeonatos”.

“Infancia y asfixia en Portlligat”.

“Nadar en alquitrán”.

“Visceralia”.

“Cristal en la mirada”.

“La Segunda Guerra Mundial y otras insignificantes anécdotas comparadas con ESTO”.