El cartel del musical.
Cuando se supo que se estaba preparando un nuevo musical pocos críticos se sorprendieron, pues la alta rentabilidad de estos espectáculos ha hecho que los teatros españoles vivan una auténtica ola de estrenos. Se trata en su mayoría de obras ligeras cuyo hilo conductor son las canciones de Mecano, Abba o Melody y en las que el argumento es meramente testimonial. Sin embargo, se esperaba que un musical sobre algo tan complejo como una trama de corrupción política elevara este género a los altares de la ópera wagneriana, protagonizada en este caso por una valkiria encarnada en Esperanza Aguirre.

Lo que parecía, pues, una propuesta arriesgada, original e interesante se tornó en mediocridad y complacencia. La Comunidad insistió en subvencionar la obra y fue la misma Aguirre la que, poco a poco y mientras repetía que “la cultura de Madrid es independiente y libre”, enrareció la producción del musical, desde el guión hasta la coreografía. De hecho, al principio era Àngel Llàcer quien iba a hacer su papel, pero Aguirre insistió en protagonizarlo ella misma para ofrecer un mayor realismo al personaje. Finalmente, la lideresa aceptó ser interpretada por Lina Morgan. Los bailarines también los eligió la presidenta y son todos militantes del PP.

Aguirre diseñando la coreografía
Aguirre diseñando la coreografía
Los escasos diálogos apenas hacen referencia a términos como “malversación” o “trajes”, pero hay tres momentos que sí hacen gala de una calidad musical poco común. La función arranca con una canción a capela de Garzón, hablando con los dioses del Olimpo: “Mi frágil vida es sólo un juego de la fortuna, / Justicia apenas puede oírme, / Yo sólo contra el mundo y la Luna”. Al poco, Gallardón y Aguirre bailan un desenfrenado tango que pone de manifiesto que son personajes antagónicos aunque complementarios. Finalmente, el tercer acto culmina con otro momento memorable, recordando la belleza pasional de las óperas románticas, cuando Rajoy se planta frente a Aguirre y ésta lo rechaza.

La oposición ha criticado duramente el argumento, que tilda de falso y manipulador. Ha indignado especialmente el final, en el que se dice que todo fue un sueño que tuvo un periodista del diario El País. Pese a todo, una minoría entusiasta y ruidosa se mostró entregada e hizo subir a Aguirre al escenario para que fuera ovacionada.