“Siempre que venía a Madrid me llamaba por teléfono para que le esperara en el Ritz”, rememora el modisto. “A veces me quedaba toda la noche cosiendo sólo para él. Y entonces venía y se probaba la ropa y reíamos, ajenos al mundo”.

José Tomás.
La relación de Francisco Camps con el costurero empezó en la tienda Milano de Madrid. “Él se pasaba por allí, preguntaba precios, miraba catálogos… Al principio no me fijé en él, pero empezó a venir casi cada día. Y si yo estaba ocupado, se hacía el despistado para que fuera yo el que lo atendiera. Al final se decidió a encargar un traje. Perdone si me sonrojo, pero la primera vez que le tomé medidas… Ahí me dí cuenta de que no era un cliente como los demás.” En esa primera ocasión Camps encargó cuatro trajes “de unos 900 o 1.000 euros cada uno, aunque yo siempre quise regalárselos y no los aceptó”. No obstante, el popular devolvió las prendas porque, según dijo, las habían confeccionado mal. “Buscaba cualquier excusa para volver. ‘Me aprietan un poco, quizá habría que volver a tomar medidas’ me dijo, aunque sin mirarme a los ojos y riéndose. Venía por cualquier cosa: un botón, un siete en los calcetines… Se los descosía a drede para venir, porque a veces volvía a los diez minutos. Y eso… eso un sastre sabe verlo.”

Después de los trajes fueron más allá: “empecé a bordarle pañuelos, cojines… A veces ponía cosas como ‘Los dos, contra el mundo’ o… no sé, cosas nuestras que me sonroja repetir ahora. A él el punto de cruz le gusta mucho, intenté enseñarle pero se pinchaba los dedos”.

Uno de los bordados del sastre.
Uno de los bordados del sastre.
Camps no ha querido extenderse mucho al respecto en sus declaraciones: “yo ya dije en su momento lo que dije y, además, sigo diciendo lo mismo”. Desde el PSOE no descartan que la versión del sastre sea obra del propio Camps, que de este modo podría demostrar que los trajes fueron un regalo personal. Desde el PP valenciano, sin embargo, creen que esto no es más que un nuevo intento de desacreditación que terminará aclarándose.

“Ahora mismo, lo que me gustaría es que me cogiera el teléfono. Nunca llegamos a hablar, somos… bueno, somos de otra época y tenemos nuestras vidas hechas. Pero yo estoy dispuesto a seguir adelante” dice José Tomás mientras enseña uno de los pañuelos bordados que solía regalarle a su cliente predilecto. “No quiero seguir mintiendo. Ya no más. Sólo pido que él haga lo mismo y reconozca lo que tiene que reconocer.”