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Un ciudadano belga entra en una guardería y no agrede a nadie

LLEGÓ, INCLUSO, A HACER CARANTOÑAS A LOS NIÑOS

Se busca a un individuo con ese aspecto.

La pequeña localidad de Aartselaar, en la provincia belga de Amberes, se recupera poco a poco de la conmoción. Sobre las 13 horas de ayer un individuo no identificado pero inequívocamente belga (si se atiende a las declaraciones que los niños que se encontraban en aquel momento en la guardería prestaron a la policía) entró en el Jardín de Infancia Debello Galico aprovechando un descuido de las cuidadoras a las que encerró en los lavabos para obrar con total impunidad.

«Fue terrible» cuentan Lovaina Goffre, Marja Ostend y Ruffa Suikerbonen, auxiliares de guardería del citado centro. «Estábamos preparando las colchonetas para la siesta de los niños cuando, de pronto, en el marco de la puerta, apareció una figura desconocida: era un hombre ataviado con una gabardina y la cara pintada de manera extraña. Apenas nos dio tiempo a verle porque, inmediatamente, cerró la puerta, sin pronunciar palabra, echando la llave y dejándonos encerradas a las tres. Al minuto, los niños empezaron a gritar y nosotras, temiéndonos que se repitieran los sucesos de la guardería de Dendermonde, sólo pudimos reunir la tranquilidad necesaria para llamar a la policía desde un celular. Los gritos iban en aumento pero, extrañamente, las criaturas parecían estar pasándoselo en grande, lo que nos descolocó aún más». «Sí», prosiguen en su escalofriante relato, «estábamos confundidísimas y temiendo que el terror hubiera vuelto locos a los chiquillos que reían alborozados y pedían más. Pasados unos minutos, que se nos antojaron larguísimos, la algarada fue disminuyendo hasta silenciarse coincidiendo con el ruido de las sirenas de los coches patrulla que venían a toda velocidad a la guardería. El resto ya lo conocen ustedes…». 

Controles por toda la ciudad
Controles por toda la ciudad.

Según fuentes policiales, los agentes irrumpieron demudados, esperando encontrarse una escena terrorífica y topándose, sin embargo, con las criaturas dormiditas, con las bocas manchadas de chocolate y azúcar, el pelo revuelto y una sonrisa en sus labios. A su alrededor, envoltorios de bombones del país, juguetes que no pertenecían a la guardería y algún que otro cómic infantil como «Spirou» o «Titeuf». El comisario Eduard Merckx declaró a EFE que «todos los niños parecían completamente ilesos, y no sólo eso, reían alborozados al despertar y buscaban al ‘payazo’. Por lo que pudimos sacar en claro de las declaraciones de los chavales, el desconocido iba ataviado como un clown, era natural del país y fue muy cariñoso con ellos, dedicándose, en los pocos minutos que mediaron entre que las trabajadoras del centro telefonearon a la centralita de la comisaría y nos personamos aquí, a hacer perritos con globos, organizar un trenecito y repartir caramelos y juguetitos entre ellos. En definitiva, a hacer payasadas, ya me entienden».

Aunque el desenlace ha sido feliz, los protagonistas están un poco estupefactos ya que hay en Bélgica una crónica negra en la que, tradicionalmente, se han dado crímenes terribles (no está tan lejana la tragedia de Dendermonde o las tropelías de Marc Dutroux). «Entre unos y otros» -apostilla el subcomisario A. Damo- «han conseguido que la mortalidad infantil en nuestro país esté casi equiparada a países como Bolivia o Burkina Fasso».

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