Encontrar entradas hoy en día para un partido de la NBA es difícil. Los propios equipos contratan a monjas y sacerdotes para que asistan a los encuentros y procuren que “Dios esté más de su parte que de la del contrario, generando una lucha por el control espiritual que deja a la gente sin butacas”, afirma Neil Glack, periodista deportivo de la NBC.

Cris Cormack deambula abatido por los alrededores del Staples Center. Ya no quedan entradas para el partido de los Lakers contra los Spurs. “La culpa es de las monjas, que se prestan a esas estúpidas supersticiones para recolectar donaciones. Es triste”. Pronto Cormack se ve rodeado de otros aficionados que, como él, sienten impotencia e indignación. “Siempre se ha confiado el resultado de un partido a la voluntad de Dios, es una costumbre aceptada incluso por la gente que no es de ninguna religión. Pero desde que los Lakers trajeron a monseñor Benechio al estadio y Tim Duncan anotó aquel triple en el minuto 23, la cosa fue a más y los otros equipos les imitaron. Ahora parece que la derrota está asegurada si no tienes a veinte curas y a diez o doce monjas como mínimo de tu parte”.

El padre Graham anima a su equipo y a los seguidores.

Los responsables de los equipos defienden la medida y la comparan a un seguro de vida o contra incendios: “¿Que no sirve para nada? Es una opinión. De momento nos está yendo bien. Yo prefiero gastarme el dinero en Dios que contratar a un adolescente con granos para que se disfrace de oso de peluche” afirma tajante John Lucas, veterano entrenador de los San Antonio Spurs. Algunos aficionados que son también creyentes se quejan de que esta práctica frivoliza la fe y la instrumentaliza. “Dios no puede tomar partido por un equipo en detrimento de otro. Es como si una madre dice que quiere más a un hijo que a otro. Y si encima lo dice porque le pagan, es ofensivo. Dios no debería prestarse a eso. No lo entiendo, y me desconcierta. No sé si es por la crisis económica, o por la crisis de la fe en el mundo occidental, pero hay límites que no deberían cruzarse y Dios parece que no lo entiende. Dios ha perdido el norte y creo que entre todos deberíamos ayudarle”. Estas reflexiones del padre Robertson aparecieron publicadas en un artículo del Herald Tribune y generaron cierto revuelo en el seno de la Iglesia. Pero, por el momento, nadie ha hecho nada para cambiar la situación y la religión sigue vendiéndose al mejor postor.