El derrumbe esta mañana del techo de la iglesia de San Carlangas, en Valladolid, provocado por el peso de un nido de drones instalado encima, ha hecho saltar la alarma sobre los riesgos que entraña el uso de estos dispositivos.

“Cuando los drones no trabajan, se dedican a recoger trozos de plástico y metal del suelo para construir nidos en los campanarios o en los tejados de las iglesias”, explica un especialista en etología drónica.

Un nido de dron puede llegar a pesar ocho kilos, por lo que a veces la estructura de los tejados cede. “Cada nido puede albergar cinco o seis drones, en su mayoría de Amazon”, precisa el experto. “Los utilizan de punto de recarga en sus viajes a Alemania o Gran Bretaña”, asegura.

En algunas regiones de España, los cazadores han abatido algunos ejemplares de dron para colgarlos luego de las paredes como un trofeo. “Este es Grandullón, mi favorito. De cuatro hélices. No se ven muchos por aquí”, dice uno de los expertos en la caza de alta tecnología.

Al no existir regulación sobre el tema, nadie protege de momento a estos dispositivos ni regula su reproducción. Amazon teme que la caza furtiva de drones le ocasione pérdidas de varios miles de euros al año.