Hoy toca comer de fiambrera en las oficinas de Greg & Brothers, donde la llegada de la crisis ha obligado a los trabajadores a ahorrar trayendo la comida de casa. Juan Garcés, máximo responsable de la empresa, es el primero en dar ejemplo comiendo de su propio tupperware y aprovecha la hora del almuerzo para conocer mejor a “su gente”. Con una sonrisa me conduce al parking, donde en unos minutos tendrá lugar la última pelea de becarios que ha organizado. “Y la definitiva, porque se ve que, según la ley, esto no puede hacerse más”.

Mientras bajamos al sótano me explica que lo de organizar peleas de becarios surgió hace un par de años cuando un amigo suyo, también empresario, le dijo que sus becarios estaban mejor preparados que los suyos. “Eso me enervó, porque todo el mundo sabe que la preparación es lo que menos importa de un becario, así que le dije que los míos le podían a los suyos”, explica.

Y a partir de ahí la cosa creció. “De paso solucionó el problema de los dichosos becarios. Va bien tenerlos en la empresa por las subvenciones y tal, pero hasta entonces tampoco tenían una utilidad palpable. Con lo de las peleas otra cosa no, pero palpable sí que empezó a ser su utilidad”, explica antes de presentarme a los otros dos directivos que, junto a él, hicieron de esta actividad “un deporte noble y de caballeros”.

“Al principio hicimos que fueran nuestras ayudantes personales las que pelearan entre sí, pero acabó resultando incómodo tener que dar explicaciones de por qué tu secretaria tiene toda la cara arañada”, explica Jaime Gascó, campeón imbatible de los últimos encuentros gracias a unos becarios que ha importado de Suramérica. “En los becarios nadie se fija y el trabajo que hacen pueden hacerlo con un ojo menos, por ejemplo”. Juan no puede contenerse y, siempre con simpatía, le dice a su colega: “Tú mejor cállate, que los bicharracos esos con los que compites ni son becarios ni han pasado por la universidad en su vida y lo sabes, tramposillo”. Los tres ejecutivos se ríen y se dan golpecitos en el estómago.

Según Juan Garcés -cuya fiambrera se compone de una cuidada selección de marisco que se hace traer a domicilio-, es una pena que por culpa “del incidente de las denuncias y la explosión testicular” su entretenimiento de la hora de la comida llegue a su fin. Y es entonces cuando empiezan a llegar al parking algunos de los más grandes empresarios de España acompañados de chavales jóvenes, poco atléticos, con pinta de cerebrines y vestidos, eso sí, con trajes llamativos de luchador mexicano. “Míralos, puede verse la ilusión en sus ojos. Los que aguanten en pie conseguirán un contrato”, explica Juan. “Por culpa del juez ya no habrá más oportunidades para los que vengan a partir de ahora. Seguirán en prácticas toda su puta vida”.

Resulta curioso que sean los mismos becarios los que se ofrezcan voluntarios. “Nadie les obliga a pelear, por tanto es algo consentido, es algo que debería ser legal” dice con lágrimas en los ojos el gerente de una importante multinacional de ropa. “Nos han quitado lo único que nos daba alegrías. Además del dinero, claro. Estas cosas te mantienen con vida. Dando una oportunidad a estos chavales me crezco y siento cada hostia como propia”.

Parking de Greg & Brothers.

– Fiambrera de marisco.
– Fiambrera fantasía.

Total: cortesía de Tupperware Solutions.